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Viernes, 10 de febrero de 2006
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Análisis por Iñaki Zarata. Huracán U2
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Narra Bob Dylan en el primer tomo de sus brillantes memorias una visita nocturna de Bono y resume en esa anécdota la desbordante personalidad del cantante, y por ende de su grupo U2. Si hay una agrupación rockera internacional a la que dar premios debe ser el cuarteto dublinés. Por provenir de un ambiente juvenil de barrio sin que nadie les haya regalado nada, por su trayectoria creativa, por permanecer con los oídos abiertos sin dormirse en los laureles. Y por tener de frontman a alguien capaz de electrizar a miles de fans y de discutirle a la cara a los mandamases del mundo. No en vano ha dicho Bono Vox: «Yo sería un Papa enrollado». No lo ponemos en duda.

Así que parece justo y saludable que el gran circo de los Grammy se haya volcado con los autores de The Joshua tree. Pocas veces van a encontrar esas nominaciones una unanimidad más general por parte de público y medios especializados, excepto en algunos otros premiados del más noble rock de masas, tipo Bruce Springsteen.

¿Que Mariah Carey se ha quedado desencajada y prefirió no asistir al fallo para aplaudir a sus colegas? Pues qué poco fair play. En todo caso, mal puede pretender desde su alto pedestal pop -y sin quitarle un ápice de mérito a su espléndida voz, gustos musicales al margen- ni siquiera compararse artísticamente con el combo irlandés. Sería una mala comparación: son dos mundos distintos en lo musical, en lo estético y en lo humano. U2 son como un huracán frente a la suave brisa Carey.

Dicen las crónicas que también el rapero Kanye West se sintió menospreciado por la barrida del grupo europeo. Si así fuera, el excelente rapper que West es demostraría que el éxito se le ha subido demasiado pronto a la cabeza. Es un ágil relatador de historias, pero le queda media vida para alcanzar el legado U2; otra comparación sin sentido.

Con lo fácil que es aceptar la realidad cuando ésta se muestra redonda y ser agradecidos con ella. Seguro que el fenomenal abuelete Bebo Valdés está más contento que un chaval, con su merecidísimo premio, y no tiene tentaciones de envidias y celos. Quizás sir Paul McCartney sí tenga razón para torcer el gesto. Dediquémosle un chiste fácil: jugar con los títulos de American Idol y American Idiot; con permiso de los nuevamente premiados Green Day.



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