Lauda anima mea Dominum... Un salmo en latín, un sonido agudo, una voz armoniosa. En mitad de la mañana helada, entre el ruido de camiones, el estrés generalizado y el cielo gris, nadie parecía percatarse de la presencia de un tesoro.
Pero allí, dentro de la caseta de la ONCE en la calle Egia, detrás del cristal roto como una telaraña, había una luz. Y una mujer con una fina entonación, una pequeña grabadora y las letras de unos cánticos escritas en grandes caracteres. Ensayaba concienzudamente sus aleluyas sin saber que su voz de cristal sería lo mejor de nuestra mañana. Lauda anima mea Dominum...