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Lunes, 6 de febrero de 2006
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Estoy en plena catarsis. O sea, histérica y desquiciada. En un arrebato sin precedentes he tirado la licuadora a la basura. A unos, las catarsis les sirven para salir del armario. A mí para sacar del armario los trastos viejos a patadas. En realidad viene a ser lo mismo. Es como desprenderse de algo que te obsesiona, como confesar la verdad y gritar a todo el mundo «¿Sí, es cierto, me compré una maldita licuadora y no la he usado jamás y qué pasa!» Supongo que recuerdan cuando hace años se puso de moda tomar zumo de manzana con zanahoria. Eran otros tiempos. Todavía creíamos que los yanquis nos salvarían de la miseria y la desnutrición. Yo siempre tuve mis dudas -de los americanos y de la licuadora- Por eso apenas hice un par de intentonas. Sólo por fardar que desayunaba zumo de uvas. Ni te cuento después, menudo coñazo limpiar el artefacto.

Lo mejor de la catarsis es la exquisita sonoridad que tiene la palabra. La primera vez se la escuché a un poeta local de la revista Kantil que yo frecuentaba. Acudían intelectuales y gente mal vivir -Yo siempre he estado muy bien acompañada- Me pasé varios meses repitiéndola: Catarsis por aquí, catarsis por allá. Me parecía una expresión digna de mí, tan culta, tan catártica, tan purificadora. Griega tenía que ser. Los celtíberos somos más zafios y bárbaros. Aquí decimos «Chica, estás que lo tiras». Pues eso, a ver si la catarsis Arconada le sirve de algo a la Real Sociedad y en lugar de tirar la toalla, tiran de una vez la casa por la ventana. Oéeee, oé, oé, oé...




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