La encuesta es concluyente: el donostiarra está satisfecho de vivir en su ciudad, valora su limpieza, su seguridad en las calles, hasta su transporte público o la atracción que genera entre los turistas. Se queja del tráfico, pero cree que la calidad de vida sigue mejorando y, a la hora de señalar aspectos negativos, la carestía de la vivienda o la dificultad de encontrar un empleo son los reyes de las quejas. Estos dos aspectos, seguramente, aparecerían en la encuesta de cualquier ciudad, aunque esta coincidencia no les reste validez, ni, desde luego, la importancia que tienen.
El Plan Estratégico ha realizado esta encuesta que peca de una cierta autocomplacencia y que, quizá por ello, exija una mayor atención en los aspectos menos valorados que en aquellos de los que el ciudadano se siente orgulloso. No faltan contradicciones, ayer señaladas también por los responsables municipales, y así, mientras la ciudadanía sondeada aprecia la calidad de la hostelería, de la oferta deportiva o de las instalaciones culturales, se queja de la falta de opciones para el ocio. O cree que la red educativa y de asistencia social merecen buena nota, mientras apunta que la integración de los inmigrantes es una asignatura pendiente.
La batería de preguntas es extensa, y a veces demuestra que ciertos proyectos que se consideran estratégicos por los políticos no lo son tanto para la ciudadanía. Falta, sin embargo, una cuestión fundamental: ¿es cara su ciudad? ¿cuánto cuesta esta calidad de vida de la que se siente satisfecho? ¿cuánto vale, cuánto cuesta vivir en Donostia?