Ayer todo fueron malas noticias en el mundo de la economía. Y la peor de todas, el aumento del paro. Es cierto que enero acostumbra a ser un mes nocivo para el empleo. Pero un 3,2% de aumento -¿el 7,39% en el País Vasco!-, unido al hecho de que ésta sea la cuarta subida mensual consecutiva y a la reducción del número de afiliados a la Seguridad Social, constituyen algo menos que una catástrofe, aunque bastante más que una mera anécdota.
Todo el mundo está de acuerdo a la hora de considerar al empleo como la variable clave del futuro. Mientras haya salarios habrá consumo y se comprarán viviendas que, guste o no, son los dos sustentos del crecimiento, una vez que la esperanza del sector exterior se aleja por el horizonte, empujada por los huracanados vientos de la pérdida de competitividad.
Luego llegó el dato del IPC armonizado, cuyo indicador adelantado apunta a las estrellas y empuja la tasa interanual hasta el 4,2%, unas cotas no visitadas desde el año 1997, que ratifican la previsión de malos tiempos para nuestra futura capacidad de competir en el exterior.
Y luego, ya puestos, el Banco Central Europeo no subió los tipos de interés, pero proporcionó pistas abundantes para aventurar que lo hará en marzo. Menos empleo, mayores precios y tipos más altos no dibujan un escenario alentador. Quizás por eso, la Bolsa -¿con signos de mal de altura?- decidió darse un pequeño respiro tras días de incesante subidas y recortó su escalada en un 0,76% en España y un 1,38% en Europa.
De momento no hay bastantes razones para perder los nervios con la situación económica, pero sí hay suficientes datos para extremar la cautela y estar atentos.
Desde luego, si su patrimonio depende de la evolución de la economía española, vigile, y mucho, los datos que vayan apareciendo del empleo.