Magnífico. Los colombianos cuentan la historia del primer gran narcotraficante de su país. ¿Pablo Escobar? No, en absoluto. Hubo otro antes. Pedro Rey. El primero. El number one. El gran desconocido por todos los que han filmado historias de coca, historias de perico, historias de nieve. Fue el rey, el primero, el predestinado. Y Colombia cuenta su leyenda. Dicen que allá, en la patria del nuevo fichaje de La Real, la de Sergio Cabrera y la de aquella María, llena de gracia, comparan esta película con cualquiera de las tragedias de Shakespeare. Pero aquí, como nos las damos de señorones de la crítica cinematográfica, le cortamos la hierba bajo sus pies y hemos dejado escrito que se las da, para mal, de Casino, de Scarface, de Empire y de Pasión de gavilanes. Pues vale. Así nos va. Pasa ante nuestros ojos un film criminal, amoral, rápido, culebreante, abigarrado de colores, de pistoladas, de música sabrosona, de cámara calentita, y nos lo quitamos de encima hablando de culebrón colombiano con cañones recortados. Como si estuviera mal darle una vuelta de tuerca más al tema desde su misma patria y hacerlo mezclando bien mezcladitas, las formas de las telenovelas, las maneras del cine negro gringo, el sudor de la cámara, el toque hortera del rico que sale de la nada y se cree el rey del mundo, la imaginería local, la astucia de los pequeños delincuentes. ¿Que El rey es un culebrón? ¿Y qué? ¿Pasa algo? También resulta ser la crónica abarrotada de sabiduría popular que otros no han sabido hacer hasta ahora, la de, lo dicen los guionistas bravos, «la única multinacional colombiana posible, la del perico, la nieve, la coca».
El rey merece más de cinco espectadores un sábado a las nueve. Los merece no sólo como crónica de un tiempo, un país, sus hombres y mujeres sino por puritito cine negro, sabrosa telenovela que narra la irresistible ascensión y mortal caída de un chico que pensó se las sabía todas. Más espectadores porque suena, se ve y sabe bien. El rey reina, inquieta, intriga y nos cuenta lo que otros intentaron contar pero no pudieron hacerlo porque no eran de allá, de Colombia.