Acabamos de estrenar año y muchos nos dispondremos a hacer balance de cómo nos han ido estos últimos doce meses y empezaremos a pensar en lo que quisieramos que nos ocurriese en este nuevo 2006. Si, independientemente de nuestros análisis individuales nos proponemos realizar algo parecido desde la colectividad, sin lugar a duda todos coincidiremos en que éste también ha sido un año bastante nefasto para todos los que soñamos con una nueva Euskal Herria. Dicen que vienen tiempos mejores. Parece que algunos han empezado a moverse y se cree que tanto la situación política como la convivencia van a mejorar.
Desde hace muchos meses, y sobre todo después de las últimas elecciones, todos los partidos están reiterando que existen oportunidades reales de conseguir la paz y normalización, por la firmeza de Zapatero en mantener una postura favorable a una salida dialogada así como por el cambio de estrategia de Batasuna, iniciado con la propuesta de Anoeta y que ahora tiene su continuación con la ponencia Bide Eginez.
Tras el breve periodo de esperanza que fué Lizarra-Garazi y el error político y la fustración colectiva que supuso la ruptura de la tregua por parte de ETA, el Estado sigue desplegando una gran ofensiva antidemocrática contra los derechos de los vascos y sus aspiraciones de soberanía.
Es cierto que no es fácil mantener la cabeza fria en estos complicados momentos. En los países democráticos también pueden cometerse abusos, aunque las leyes sean votadas democráticamente, los gobiernos surjan del sufragio universal y la justicia -en teoría- sea independiente del ejecutivo. Puede ocurrir que se condene a un inocente, que el Parlamento vote leyes discriminatorias para ciertos sectores de la población y que los gobiernos implementen políticas cuyas consecuencias resultaran funestas para todo un sector de la sociedad. En un Estado democrático nadie puede ser obligado a rechazar explicitamente la violencia cada vez que se produce un fenómeno de esta naturaleza y mucho menos eliminado del juego político por esta causa, pero es absolutamente necesario un análisis de las repercusiones que la lucha armada pueda estar teniendo, en la época actual, de cara a la acumulación de fuerzas, en el sentido de favorecer la división de la izquierda abertzale, provocar su aislamiento social y político, dificultar los pactos y acuerdos con otras formaciones progresistas; y proporcionar argumentos a los sectores más reaccionarios e inmovilistas del Estado, que la utilizan como excusa para justificar el recrudecimiento de la represión.
La dispersión es injusta y mata. Estamos tremendamente enfadados. Pero no nos vale con lanzar gritos de indignación desesperada. El quejarnos no nos lleva a ninguna parte como tampoco nos sirve la reacción puntual y agresiva ante cada atropello (amedrentamiento de concejales hasta hacerles dimitir, quema de cajeros y estaciones de tren). De esta manera solo alimentamos la ineficacia y el sufrimiento y retrasamos cualquier solución. No son respuestas adecuadas. Tampoco las grandes manifestaciones, por mucha gente que reunan, sirven de mucho.
Lo que nos une a los vascos, pero en particular a los independentistas de izquierdas es más, y más importante, que los que nos separa. Ya va siendo hora de empezar a trabajar seriamente con el objetivo de reunificar el espacio político actual en torno a un proyecto común y plural capaz de aglutinar en torno a sí al abertzalismo de este país. Desde la autocrítica y el respeto. Pasando de las palabras a los hechos.
Para que el proyecto independentista pueda algún día cuajar es necesario convencer de sus beneficios a los que hoy en día lo rechazan, por su contenido los que dudan de sus utilidad, pero también unicamente por la terrible forma de defenderlo que todavía tiene un importante sector de este país. Se puede empezar a atraerlos no solo reconociendo el pluralismo ideológico, como se le hacía saber al presidente del gobierno español por medio de una carta pública, sino respetandolo más allá de la palabras. Esto indicaría que la necesidad del cambio se ha tomado desde el convencimiento y no desde la mera necesidad. Este primer respeto facilitaría poco a poco el aumento del apoyo social necesario para que el proyecto soberanista fuera formandose. Los postulados que defiende la izquierda abertzale siguen vigentes pero parte de ella puede estar falta de credibilidad, no por está ilegalizada, sino porque no acompaña sus palabras con hechos.
Para bastantes de los sujetos políticos indispensables tanto para el logro de la paz como para la llamada reconstrucción nacional -la izquierda abertzale es solamente uno más entre todos ellos- la identificación de parte de esta izquierda abertzale con la estrategia de ETA supone la negación moral de su proyecto. Es por esto por lo que debiera buscar diferentes planteamientos de acción política para facilitar su actuación con normalidad en beneficio de todos, pero particularmente en su propio beneficio político. La coherencia política exige no negar los derechos que uno pide para sí mismo al oponente. La audacia en la construcción de futuro debe pesar más que el miedo a romper con el pasado.
El objetivo de la izquierda abertzale no debe ser el de vencer batallas, sino el convencer en el dia a dia de la política, planteando desde la audacia estrategias inteligentes que posibiliten una mayoría social, que algún dia seguramente llegará.
Mientras tanto, sin olvidar que este país está en manos de un gobierno neoliberal y de derechas, toca trabajar para que sus ciudadanos/as vivan mejor. Debemos pelear políticamente tanto en las instituciones como en la calle para que locuras como el TAV, superpuerto, incineradoras puedan reconsiderarse. Trabajando sobre un programa de izquierdas con compromisos explícitos sobre temas básicos como vivienda, renta básica y derechos sociales, política de contrataciones, subcontratas, infraestructuras Desde la negociación en aspectos en los que podamos llegar a acuerdo y olvidando estrategias de todo o nada. La sociedad percibe que estamos ante una oportunidad de solución y no perdonará que se la vuelva a defraudar. Pero no podemos olvidar que no se van a dar pasos en el camino de la pacificación y normalización mientras no se proclame una tregua y que únicamente será la mayoría social que esté dispuesta a ejercer la soberanía la que pueda obligar al Estado a participar en un proceso de diálogo. Y de momento, seguimos esperando el alto el fuego y, lamentablemente, no somos suficientes para ser independientes.