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Lunes, 30 de enero de 2006
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OPINIÓN
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¿De qué viste Evo?
Evo no va vestido de sí mismo. Los que tal hacen suelen ser intelectuales o artistas que quieren resaltar en la indumentaria el carácter único de su inspiración o de su talento personales. En Barcelona un conocidísimo poeta acostumbraba ir de bufanda y de abrigo todo el año, aun en los meses de calor africano que el calendario de la ciudad ofrece. Y a Fernando Arrabal que vive, y no mal, de su teatro y de sus libelos, se le ha visto, repanchingada su breve humanidad en el sofá de un hotel madrileño, descalzo y más desaliñado que una mala ensalada haciendo como que se rascaba los pies, igual que un monillo sarnoso. Porque a veces, con hacer este tipo de rarezas basta para sorprender a los burgueses y representar ante los periodistas la parábola viva de la propia originalidad.

Pero entre los políticos la cosa funciona de otra manera. Es lógico que así sea. No voy a ser yo quien se lo eche en cara. Hay que pensar que quien a los votos se debe, a sus votantes ha de compensar aunque sea con payasadas que en su mayor parte resultan inofensivas. No hay cosa entre las muchas que puede decir, hacer o vestir un político, que no obedezca a una sencilla y esperanzada regla que puede enunciarse así: «de mis votantes vengo, a más votantes tengo que ir». Antes que mostrarse original, un político ha de saber decir lo que sea con gran seguridad y mostrar amable condescendencia con las cosas que, no siendo usuales para él, no lleguen sin embargo a perjudicar su imagen. Las externidades de la política son en buena parte puro juego de espejismos.

Apoyados en esta confianza, los políticos se muestran propicios, cuando están en campaña electoral o cursan visita a algún pueblo de sentimientos étnicos muy arraigados, a ponerse encima cualquier cosa que el público les pida y a calarse los cubrecabezas más inverosímiles, siempre que haya público suficiente que les aplauda la gracejada.

Pero, sobre todo, los políticos prefieren desvestirse de algo. Nada de importancia, por supuesto. Por lo regular se trata de una prenda como la chaqueta o de un complemento como la corbata, que para la gente sencilla están preñados de intensidad simbólica. Cuando yo era pequeño había una versión popular de La Internacional que decía «arriba los de la cuchara, abajo los del tenedor». Por lo visto, en esa época el tenedor era un lujo de ricos y el comer con la cuchara cualquier vianda, y no solo la sopa, era una muestra de bien hacer proletario. La cuchara ha perdido hoy su calidad de símbolo clasista, pero la corbata y la chaqueta lo conservan entero. Y despojarse de ellas, también.

De los días eufóricos de la primera transición a la democracia guardo en la retina la imagen de aquel atildado caballero, don Landelino Lavilla, despojándose de su chaqueta con cara de estar rompiendo un plato ante los demócratas recién conversos que vibraban de entusiasmo, enardecidos por el gesto. Y a don Adolfo Suárez, más tarde duque de sí mismo, bailando la jota en mangas de camisa. ¿Y qué decir del hoy diseñador de joyas don Felipe González? Lo veo comiendo en el restaurante El Escuadrón con traje de pana y sin corbata, desempeñando a conciencia su papel de héroe del proletariado a punto de dejarse convencer para dejar de serlo, mientras el maestro Guerrero Torroba y sus amigos del buen yantar los observaban desde la proximidad con ojos que no supe dilucidar si eran de curiosidad o de inmisericordia atemperada por la sordina de la buena educación. Eran los días en que el sevillano era la promesa del socialismo interior frente al del exilio, cuando la Embajada de los Estados Unidos, junto con Dieter Koniecki al frente de la delegación madrileña de la fundación Evers de la social democracia alemana, se afanaban por ser los monitores que ayudaran al PSOE a aliviarse de su sobrepeso marxista. Los tiempos también en que el País Vasco se llenaba de jóvenes trilingües -en inglés, castellano y euskera-, deseosos de profundizar en la idiosincrasia de este pueblo pintoresco que baila al pie del Pirineo, y de ayudar con sus observaciones a que los poderes del mundo decidieran el papel que la independencia vasca pudiera jugar en el caso de que la España grande se desviara del papel previsto para ella y las circunstancias aconsejaran poner en práctica un plan de emergencia que le revolviera el tablero.

Pero Evo Morales no es un político sino de rebote. Los partidos políticos y sus líderes han quedado, de momento, rebasados en Bolivia; pero siguen detentando la pericia en la manipulación democrática y dominando el intrincado mapa de las telas de araña y de los nidos de víboras de los intereses y coimas.

Conclusión primera: Evo tiene que guardarse de los partidos, si no los partidos terminarán dando buena cuenta de él. Evo es ante todo, un líder popular. Y no de cualquier pópulo, sino de uno organizado en sindicato, que es pópulo preparado para la lucha clasista. Si este líder subió al poder fue por efecto de una marejada social. Esto en un país donde las marejadas sociales son frecuentes, pero donde la sociedad, o no ha contado o ha contado pero de forma incoherente. Evo ocupa ahora la cúspide de una pirámide de sillares mal colocados y, por tanto, inestables. Y las cúspides se vienen abajo por remoción de la base.

Conclusión segunda: Evo debe cuidar que las bases no se revuelvan contra sí mismas en un movimiento estéril que derribe la pirámide. Sólo así conseguirá ser presidente de Bolivia y no un simple tribuno de la plebe que advenga al final en víctima de la propia plebe. Debe, además, tener en cuenta que Bolivia tuvo ya una época en que fue regida por los caudillos bárbaros. Tan bárbaros como dañinos. Y creo que el envite no debe repetirse ahora, cuando todavía estamos pisando el umbral del recién estrenado siglo.

Evo, en fin, no está solo. Está inmerso en la constelación de los Estados Americanos. Y, en razón de la riqueza minera, del petróleo y del gas de su país, captado en la vorágine de los intereses mundiales. Su más cercano abrigo, sin embargo, lo forman Fidel Castro, ese anciano déspota blanco que mantiene dentro del socialismo a un país de mulatos, y Hugo Chaves, un militar todavía joven que trata de resucitar con demagogia los modales políticos de Simón Bolivar.

Chaves es, étnicamente un zambo-ladino, Evo Morales es un ladino, aunque presuma de indio. Está en su mano apuntarse a la revolución indígena y tribal. Pero si lo hace significaría tomar billete seguro hacia el fracaso. Huascar y Atahualpa enterrados están.

Con su chompa Evo no va vestido de sí mismo como hacen los intelectuales, ni se ha despojado antes de ninguna otra prenda o complemento, como acostumbran los políticos. Va vestido de lo que representa: el subsuelo orgánico de la política, que abarca lo vecinal, lo vernáculo, lo étnico, los vínculos de compañerismo y de trabajo. La chompa no responde a la abstracción inorgánica del voto que se sobremonta a la realidad y la esquematiza para hacerla, al par que inteligible, manejable, como quiere Occidente. Desde otro punto de vista representa la chompa un estereotipo que los medios aceptan, divulgan y aplauden. Y es, hasta cierto punto, un mensaje en clave para el mundo: ¿somos de Occidente, pero no del todo! ¿Dejadnos nuestra originalidad!

Y para que la originalidad no asuste a nadie, se tiñe de pintoresquismo. Pero a pesar de este pintoresquismo, al fin y al cabo devaluador, las reformas que Evo tiene por delante serían suficientes para dar trabajo a toda una dinastía de monarcas superdotados asistidos por los ministros más expertos y por los consejeros más sabios. No obstante, la democracia lo obligará a solucionarlo todo o a dar todo por fracasado en el período de una sola administración presidencial. ¿Es esta una labor posible?.

Shabina Begum, activista musulmana de 15 años, alumna de la escuela de Denbigh, en Luton, al norte de Londres.que por métodos de desobediencia o resistencia civil forzó la admisión del más riguroso vestido musulmán en una escuela como la suya donde se admitía sin ningún problema la túnica que cubría la cabeza que aceptaban los musulmanes más liberales. Llevó su reclamación ante los tribunales y ganó en el Tribunal de apelación, siendo llevado su caso por la abogado Cherie Booth, esposa del primer ministro Anthony Blair. En febrero marzo de 2005 .



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