Han pasado 40 años desde la primera edición de Últimas tardes con Teresa (Seix Barral, 1966, 2005), pero dice Juan Marsé (Barcelona, 1933) que se ha sentido a gusto releyéndola para esta nueva edición, que él considera definitiva. No en vano es quizá la novela que le produce mayor satisfacción; y en su personaje principal, el Pijoaparte, varias generaciones que se han identificado con su rebeldía y su sueño de alcanzar una vida mejor. Y es que en eso no hemos cambiado tanto, como señala Marsé. La novela que lo consagró y por la que recibió el Premio Biblioteca Breve en 1966 fue el punto de arranque de un universo narrativo que estará presente en toda su producción: la Barcelona de la posguerra y el contraste entre la alta burguesía catalana y los emigrantes. Ése fue también el mundo de su infancia, del que le quedó «una imposible propensión al mito», como diría su añorado Jaime Gil de Biedma. Siguiendo con esa mirada irónica sobre Barcelona Seix Barral también reedita El amante bilingüe.
-¿En qué ha cambiado esta edición de 'Últimas tardes con Teresa'?
-No ha cambiado mucho con respecto a la edición que corregí en 1975, donde añadí un prólogo bastante extenso que he mantenido en esta última, porque creo que explica bien algunos aspectos de esta novela. He añadido también una nota sobre las correcciones, pero no afectan al fondo y a la forma. Me he dado cuenta de que había abusado bastante del uso de paréntesis y he preferido integrarla en el discurso narrativo sin más.
-¿Resulta difícil dar una novela por terminada?
-Yo nunca acabaría de corregir. Cuando se me propone una nueva edición de mis obras siempre las reviso, y la verdad es que disfruto haciéndolo. Es el trabajo más agradecido. Lo jodido es el papel en blanco, pues el resultado es siempre muy decepcionante, y no se parece ni de lejos a lo que uno pretendía. Así que me gusta trabajarlas cuando ya tienen cara y ojos.
-En 'Últimas tardes...' podemos leer: «Hay apodos que ilustran no solamente una manera de vivir, sino también la naturaleza social del mundo en que uno vive». ¿Cuál sería el apodo del Pijoaparte hoy?
-Tendría que pensarlo. Además, ese apodo no lo inventé yo, sino que me lo proporcionó un amigo en París, Antonio Pérez. Pero en todo caso dudo que fuera el charnego o el murciano, como decíamos aquí. Los movimientos migratorios ya no son los mismos, y probablemente se trataría de alguien del Magreb. Sería también otra historia. Antes se llamaba despectivamente charnego o murciano a cualquiera que fuera del Sur. Y es una palabra que ya no oigo. Los que llegaron han tenido hijos y nietos y están integrados.
-Ésa fue una realidad que usted conoció bien.
-Sí. El barrio en que yo vivía con mis padres era fronterizo con el Guinardó y otros barrios a los que llegó mucha emigración, incluso antes del franquismo. Y eso fue lo que yo conocí de una manera muy directa.
-Y quizá por ello la relación del Pijoaparte con Teresa le sirve para criticar la actitud de la joven burguesía catalana; una actitud inconformista, pero que es más una pose que otra cosa...
-La burguesía que está representada en la novela es la burguesía franquista. Por supuesto que había una antifranquista, pero esto se ha exagerado mucho. La burguesía catalana tuvo siempre terror a cualquier movimiento de izquierdas. En cuanto a los amigos de Teresa, pertenecían a ese estudiantado progre de la época: eran señoritos, hijos de la burguesía. Manolo Vázquez Montalbán solía decirme que en aquella época él era el único estudiante obrero en la universidad. «Bueno -decía-, yo y otro». Pero las aspiraciones del Pijoaparte son hacer méritos para pertenecer a esa clase social a través de su relación con Teresa.
-Se ha hablado mucho de la crítica social en esta novela, pero usted ha dicho siempre que se considera un narrador, simplemente.
-Sí; no me proponía ninguna aspiración sociológica. Primero porque me aburre mucho. Inventarte una novela, con el trabajo que da, para cargarte a la burguesía catalana me parece una estupidez, una pérdida de tiempo. En todo caso escribiría sociología. Y Últimas tardes con Teresa no nació para eso. El primer impulso del libro era contar una historia entretenida que diera forma al sueño del Pijoaparte. Siempre me han gustado los personajes con cierta capacidad imaginativa y que puedan reinventarse un poco la realidad para descubrir finalmente que es muy difícil. También es una historia de fracaso, que está en todas mis novelas. Y su trasfondo es un ajuste de cuentas de mi relación con el Partido Comunista, que también implicaba una situación de apariencia y realidad.
-¿Se refiere a cuando vivía en Francia?
-Sí. De hecho la novela la concebí en París, en 1961, que fue el año en que me afilié. En las reuniones en la librería Española, en mis relaciones con viejos exiliados, yo me daba cuenta de que tenían una imagen delirante de España. Se hablaba de que estaba al caer una huelga general, de las jornadas de reconciliación nacional... Todo eso eran inventos teóricos del partido, y algunos se lo creían, y preparaban su maleta para ir a Madrid. Yo, que desde los trece años había tenido una relación directa con el mundo obrero, sabía cuáles eran sus verdaderas aspiraciones. Aunque por supuesto había movimiento en los sindicatos clandestinos y se conspiraba en la medida de lo posible, la verdad es que los trabajadores con los que me relacionaba sólo querían tener una buena gabardina, un reloj, y comprarse a plazos un coche.
-De hecho, no le gusta mucho la figura del intelectual...
-Me gustaría matizar eso. No es que no me guste. Es que en relación con la novela, estrictamente, a veces no es muy conveniente que el intelecto se ponga en marcha. Es decir, me gustan más los narradores que los novelistas con ideas. Pero la literatura es una cuestión de gustos, siempre le he dicho, y por lo tanto también de limitaciones. En la medida en que me gusta mucho Dickens, por ejemplo, estoy más negado para Joyce; aunque le admire mucho como escritor. Pero prefiero Dostoyevski, Tolstoi, Flaubert o Stevenson. El intelecto, en este sentido, a veces estropea las novelas. Las ideas en religión, en sociología, etcétera, son lo primero que se enmohece en una novela.
-¿Y cómo distinguimos hoy la buena literatura entre tanto bombardeo mediático?
-Siempre abundará la literatura que oculte las obras de arte auténticas, y ayudada además por los medios de comunicación. ¿Por qué se lee más La sombra del viento, El código Da Vinci y estas cosas y no Kafka...? Bueno, del mismo modo que se ve mucho más cine malo que bueno y se escucha una música infecta cuando la hay genial. No sé, pero quejarse por eso es absurdo. Y lo único que se puede hacer es enseñar a desarrollar el criterio personal y unas formas exigentes en relación con el propio arte, y esto ya es problema del sistema educativo de cada país.
-Se ha convertido en uno de los grandes referentes de la literatura en este país, de los grandes escritores vivos, y quizá el último representante de su generación. ¿Se siente un superviviente?
-En la medida en que uno tiene ya bastantes años, sí. A veces echo un vistazo atrás y veo que han empezado a quedar por el camino muchos amigos de mi generación. (Lo eran Jaime Gil de Biedma, Manuel Vázquez Montalbán, Terenci Moix...) Pero no tengo esa sensación. No considero que tenga ningún mérito especial tampoco. De lo que soy consciente es de que el nivel que me había propuesto no lo he alcanzado. Así que no hay motivo para echar las campanas al vuelo. Superviviente más bien de una época, me considero, pues sobrevivir a cuarenta años de franquismo no es moco de pavo, sobre todo si lo has mamado de chaval. Yo tengo recuerdos incluso de los bombardeos de Barcelona del año 1938; recuerdos muy concretos de refugios, de dormir en el metro, cosas así. Si arranco de ahí sí me considero un superviviente, pero nada que ver con méritos literarios.
-Cuando dice que se queda corto, ¿no se refiere sólo a los libros, sino también a la idea de escritor que se había hecho de sí mismo?
-Bueno, sí, soy autodidacta, pero a pesar mío, pues me habría gustado estudiar. Haber ido a la universidad y hacer una carrera de letras, leer a los clásicos en su momento... Todo lo que he tenido que hacer después por mi cuenta y desde luego desordenadamente. Habría sido un poco más fácil, quizá.
-Pero tal vez, el que una persona con inquietudes literarias se deje guiar por la intuición para sus lecturas, haga que su recorrido sea más largo, pero también más sustancial...
-Puede ser, sí; depende. Lo que no se puede saber es si hubiera sido mejor o peor. Por supuesto, el que yo hubiese ido a la universidad hubiese significado que mi familia fuese más pudiente. Habría tenido otra vida en consecuencia, y habría escrito otras cosas, pues mi experiencia habría sido otra. Hay una cosa indudable en materia de literatura de ficción, y de poesía, o de lo que sea: al final, el instinto es lo que vale. El instinto que te proporciona la energía suficiente para enfrentarte a una historia y desarrollarla narrativamente de una manera convincente. Y esto, la verdad, no sé cómo se enseña.
-Antes hablaba de la Guerra Civil, y sus novelas se ambientan en la posguerra, que es también el mundo de su infancia. Resulta ya un tópico decir que nuestra verdadera patria es la infancia, pero ¿en el caso del escritor es un hecho?
-Yo creo que sí, la infancia y la adolescencia. No sé quién dijo, creo que fue Sciascia, que lo más importante de nuestra vida pasaba antes de los quince años, y a partir de ahí eres un superviviente. Pienso que la infancia y la adolescencia son importantísimas para cualquier persona. Hay unas raíces ahí que explican cantidad de cosas. Pero para un escritor doblemente, porque son los años en los que se va conformando la personalidad, y por lo tanto todo aquello que te ha ocurrido y que tiene que ver con el despertar de la sexualidad, la relación con los padres y con el paisaje, te queda marcado para toda la vida.
«La Transición fue alicortada y no ha satisfecho a nadie»
-Cuando recordamos no solemos ser muy fieles a los hechos, mucho menos cuando escribimos. ¿Gracias a la ficción recordamos mejor?
-A veces sí recordamos mejor escribiendo. Lo cual no quiere decir que no falsees. Aunque más que falsear es buscarle otra versión a los hechos; asumir recuerdos que son de otro, por ejemplo, o adaptarlos según convenga al tema que estás tratando. Ese enmascaramiento de la realidad buscándole la utilidad narrativa para la historia que estás contando depende de cantidad de cosas. En la novela en que estoy trabajando ahora el narrador pierde un dedo en una máquina laminadora en un taller de joyería; un narrador que soy yo en muchos aspectos. Y es como si me hubiese pasado a mí porque lo vi y lo viví, aunque en realidad le pasó a un aprendiz que estaba conmigo. Buscaba un episodio parecido, recordé éste y me lo apropié.
-¿Y tiene título ya esa novela?
-Tengo varios. Es decir, no tengo ninguno. Porque cuando tengo tantos títulos es como no tener ninguno. Pero tiene que andar alrededor de una calle importante que se llama Torrente de las flores, y pudiera titularse así. Porque además esta calle tiene una historia divertida. Resulta que en catalán la llamamos Torrent de les Flors porque al catalanizar los nombres de las calles le pusieron ese, y luego se descubrió que era una calle que en el siglo XVIII se le había dedicado a un tal Torrente de las Flores. Pero al traducirlo era sólo un torrente de flores. Es una anécdota, pero buena parte de la acción transcurre allí. Ya veremos qué sale.
-Precisamente, en 'La oscura historia de la prima Montse', un personaje sentencia: «Tanto recuerdas, tanto vales». ¿A eso se refiere cuando dice que uno crece siempre hacia el pasado?
-Eso está escrito en pleno franquismo, cuando la memoria colectiva estaba bajo sospecha y coartada. Entonces cualquier cosa que tuviera que ver con la memoria era importante. Ahora también, y sobre todo en este país, cuando todo el mundo está empezando a comprender que se hizo una Transición muy alicortada que no se ha satisfecho a nadie, que quedan pendientes cantidad de cosas y que la memoria está en continua evolución, pues no se han cerrado sus heridas todavía. Si te dicen que caí está basada en la memoria infantil y juvenil, y por eso fue prohibida. Había una reivindicación de la memoria que estaba latente cada día. Ahora también, pero la situación es distinta, pues se supone que estamos en un régimen democrático de libertades y por lo tanto no debería haber ningún problema.
-¿Y qué nos reserva aún la memoria de Juan Marsé?
-Bueno, la novela que estoy escribiendo tiene dos planos muy definidos: uno en el año 1949 y otro en la actualidad. Pero creo que todavía tengo algunas cosas que contar de aquella época.