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Sábado, 28 de enero de 2006
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OARSOALDEA
OARSOALDEA / Jaizkibel, el último eslabón de la costa guipuzcoana
Una publicación del Club Vasco de Camping guía a los excursionistas en su ruta a través del monte
Dos excursionistas pasean por el monte Jaizkibel, un territorio natural de indiscutible belleza que es frecuentado por montañeros y paseantes. [F. DE LA HERA]
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OARSOALDEA. DV. Los amantes de la montaña encuentran en Jaizkibel el lugar idóneo en el que perderse, disfrutando de los atractivos de un territorio natural de indiscutible belleza. Con ayuda de la publicación editada por el Club Vasco de Camping, adentrarse en estos parajes puede resultar infinitamente más sencillo.

Bajo el título 'Jaizkibel, el litoral', la obra ha sido escrita por Jesús María Alquézar y relata con todo detalle la ruta que une Pasaia y Hondarribia. Consejos, referencias históricas, fotografías y algunas advertencias dirigidas a los mendizales menos expertos quedan recogidos en su más de una docena de páginas.

Donibane se convierte en el punto de partida de esta travesía, que se inicia en el denominado 'semáforo', en la cresta de Arando Haundi. Es ahí donde surge el primer obstáculo: un promontorio afilado sobre el que se erige un edificio de estilo 'gruyere'. «Su superación es un divertimento, que se ve acompañado con la extensión marítima, a los pies del caminante -señala Alquézar-. Tras este inicio de sobresalto, se deriva otro mundo, el humanizado y rural, con verdes praderas pobladas de ganadería propiedad de los caseríos cercanos».

Se aproximan, entonces, los profundos barrancos de Grankanto, antesala de otra quebrada, la de Galea. «Es muy salvaje, no tiene senda, y es recomendable sólo para aquellos aficionados experimentados e indiscretos y ansiosos por saber todo de esta orografía». Por ello, se recomienda «omitirla para a continuación, por viejos senderos, algunos de ganado y otros de pescadores, salvar los cordales costeros, de impresionante verticalidad, siempre escoltados por el bravío Atlántico y por taludes con estructuras de diferentes planos y formas».

Espectáculo inigualable

Después de llevar a cabo un rápido avance por la plataforma de Tximistakurratua, la marcha se ve interrumpida por la violenta grieta de Akerregi. «Es el anuncio de que un nuevo panorama se avecina». El terreno se torna 'bravío', aparecen contrafuertes y la vegetación crece frondosa y cerrada.

Gaztarrozko erreka y la entrada de Labetxu son la culminación de este espacio. Según explica Jesús María Alquézar, «ahora pisar este impresionante lugar emociona de verdad. Con un día soleado los colores rojizos de las paredes rocosas, en un entramado de oquedades, se entremezclan con tonalidades amarillas y albas en un espectáculo inigualable, que asombra y deleita. A partir de aquí, este 'desierto' que tantos incendios ha tenido que soportar, es un laberinto que entretiene y divierte. Es suelo inhóspito, ignorado, atravesado constantemente por errekas que conducen las aguas al mar».

Fin de la odisea

La siguiente escala es Erentzingo portua, antaño escondite de contrabandistas y hoy zona muy apreciada por submarinistas y pescadores. El itinerario se vuelve seguro hasta la bahía de El Molino o Artzuko Portua. Al Este se divisa ya el faro de Higer, «fin de una costa irrepetible», último tramo del recorrido. En Higer o en la villa fronteriza, en la desembocadura del Bidasoa, «finaliza la odisea más brillante de las travesías costeras del continente europeo».



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