La gran victoria del Hamás en las legislativas del miércoles en Israel ha sido asimilada, como era de esperar, a un terremoto político e incluso ha suscitado algunas reacciones ligeramente desplazadas: el ex ministro israelí de Exteriores, Silvan Shalon, se acordó de Hitler para hacer algunas comparaciones y dijo que también él había ganado democráticamente las elecciones.
De haber sido por Shalom, ministro de Hacienda y de Exteriores con Sharon, no se habría aceptado la presencia de los islamistas en las elecciones, que, por tanto, deberían haber sido reservadas para los palestinos buenos, como si eso fuera posible en términos políticos e incluso prácticos. El Hamás había boicoteado las elecciones hasta que el año pasado, con mucho éxito, empezó a participar en los comicios locales. Pero eso no permitiría formar el gobierno, como ahora.
Tal posibilidad, irreprochablemente asumida por el presidente Abbas, que aceptó la renuncia de su primer ministro Ahmed Qurei, sin embargo no tiene por qué ser el resultado fatal de la victoria islamista. Es más, la posición táctica del Hamás sugiere más bien que no alterará su perfil bajo a la hora de entrar en el escenario institucional y tal vez no tendrá inconveniente en que alguien solvente y de otro partido presida el gobierno reservándose carteras sociales, trabajo, salud etc.
Que se trata de «un trágico fracaso de Israel en la lucha contra el terrorismo», la versión de Yuval Steinitz, presidente de la comisión de asuntos exteriores en la Knesset, parece una descripción más ajustada y que debería hacer pensar a su gobierno a qué objetivos condujeron los asesinatos del fundador de Hamás, el jeque Yassin y de su sucesor, Abdulaziz al-Rantissi.
En medio de la catarata de opiniones, Simon Peres dijo que no cree en la capacidad de gobernar del Hamás, que «no podrá pagar a los funcionarios a fin de mes sin la ayuda internacional, que se le cortará». Mal camino el que sugiere el no escarmentado premio Nobel de la Paz en contraste con la sobriedad del comentario del primer ministro interino, Ehud Olmert, para quien Israel no tratará con Hamás «en su forma actual».
¿Y con otra forma? Y, en tal caso, ¿qué forma?
Es fácil imaginarla: la milicia convertida en partido y elaborando una plataforma realista que, inevitablemente, estará cerca del conocido punto de vista de la Liga Árabe basada en la llamada «iniciativa saudí»: completo reconocimiento (de Israel) contra completa retirada de los israelitas (a las fronteras del 67).