Es invierno, todavía; de noche asoma una luna mora de la morería, como el enigma, el signo, la letra blanca del cielo. Los plataneros de la avenida principal de la ciudad han sido cuidadosamente recortados, arreglados y adecentados para la estación venidera, que ya asoma en el aire. Brigadas de hombres, armados con largas y pesadas tijeras, continúan trabajando en otros ámbitos, calles o barrios.
Los troncos de los árboles, desnudos, destacan en la luz cada vez más intensa, profunda y espiritual, como estatuas a las que hubiesen retirado su sábana y se mostraran como son, como parece que son.
Las acacias huelen a primavera. La sangre comienza a dar muestras de su despertar, se mueve inquieta por las estrechas venas.
Es época de poda, una de las temporadas con más significado del año. Hay una estación para cada sentimiento y un sentimiento para cada edad.
Pasó la primavera y llenó las avenidas de hojas verdes, de un verde lujoso y sensual; pasó el verano y los árboles enseñaban una hermosa melena, y el viento tocaba el violín de sus ramas, tersas y altivas; paso el otoño y se llevó lo frágil y accesorio
Vino el invierno y aquí está todavía, tratando de prolongarse, de durar en los cuerpos blandos y vegetales.
Todo, en un momento determinado, cae en las manos del podador, peluquero de árboles, todo lo que es fruto de la naturaleza y sujeta, por tanto, a sus leyes, menos el deseo que se agita y tiembla por la multitud de sentimientos acumulados y postergados.