Se montó una cierta polémica por el hecho de que se haya escogido a una actriz china, y no a una japonesa, para interpretar a la geisha. Ese reclamo de autenticidad es muy legítimo, pero la elección no extraña una vez vista la película. Porque Memorias de una geisha, tal como aparece en pantalla, es un producto estadounidense lujoso, y muy suntuoso, sólidamente construido para los gustos occidentales, que reúne a grandes profesionales del ramo en busca, no tanto de la autenticidad, como de lo que antes se llamala la qualité. Que no es lo mismo que la calidad, aunque la contiene en parte. Se trataba entre otras cosas, de tener estrellas orientales, y quizás no encontraron entre las actrices japonesas la conjunción de popularidad, sensibilidad y capacidad dramática que ofrecía Zhang Ziyi, y en un papel muy distinto, Gong Li.
No estamos ante el tipo de cine más austero, riguroso y contenido, que han cultivado algunos de los directores orientales consagrados en los últimos años (con todas sus enormes diferencias) de Zhang Yimou a Won Kar Wai. Memorias de un geisha tiene ecos descafeinados aunque aún sabrosos, de todos ellos. Pero la propuesta es distinta, más dada al boato que a la verdadera emoción, más volcada en ofrecer un espectáculo vistoso y de impresiones directas que una puesta en imágenes acorde con un tema que tiene mucho de ritual comedido y estricto.
La historia es un culebrón en toda regla. Niñas extraídas de su entorno familiar, luchando por la supervivencia y la dignidad, pérdidas familiares, azotes y traiciones, amores secretos y relaciones obligadas, y un enamoramiento imposible que sobrevive en el tiempo. El espíritu japones del filme se queda en la superficie, en la belleza de la fotografía, en el suave exotismo de la música de John Williams, en los preciosos decorados y vestuarios. El director Rob Marshall ilustra la popular novela sin escatimar detalles, pero no se contagia de la tradición nipona del melodrama. Es un producto bonito y profesional, aunque le falte algo de alma.