El estancamiento turístico de Gipuzkoa parece acrecentarse cuando se compara con la vitalidad y emergencia de Vizcaya. Pero esto no es privativo de este sector, en muchos ámbitos de actividad la relación es semejante: inacción o gestión remansada frente a actitud proactiva; gobierno de lo existente versus iniciativas para transformar la realidad. Los últimos datos del Eustat confirman una tendencia y también una cierta percepción de que en el territorio guipuzcoano se ha inoculado una suerte de orfidal autocomplaciente en la actividad institucional. No hay oportunidad que nuestros responsables dejen pasar sin glosar las virtudes de Gipuzkoa, aunque en ocasiones resulta complicado discernir si aluden al territorio o a su propia capacidad de gestión.
Lo que ha sucedido en los últimos años con el aeropuerto de Hondarribia es un ejemplo. Mientras en otros lugares han sabido emplear los aeródromos y las compañías de bajo coste para situarse en las rutas turísticas y con resultados extraordinarios, aquí nos enzarzamos en si la pista se alarga o se acorta; si los aviones, de juguete o de aforo mediano. El mundo corre a ritmo de mediofondista y nosotros seguimos en línea de salida dilucidando si nos atamos las zapatillas con nudo simple o doble. Bajo el eslogan del liderazgo, sólo eslogan, decisiones timoratas y una gestión que refuta al hombre de acción barojiano (perdón, se me ha escapado).
Uno de los señuelos de Euskadi en Fitur serán los vuelos de bajo coste... con destino a Foronda y Loiu.