Sirva de entrada el titular de esta columna como recuerdo y homenaje a Juan Mari Peña que durante tanto tiempo ocupó similar espacio, precisamente, con el enunciado de «Koxkas». Y es que la sola palabra conlleva el significado que los donostiarras damos a la misma: aquellos pequeños o grandes recuerdos, aquellas pequeñas o grandes curiosidades que han marcado nuestra vida que es como decir la vida de la ciudad. Curiosidades y anécdotas que abarcando la población entera arrancan en aquellas koxkas, en aquellas «txirristras», hace poco desaparecidas, que daban externa personalidad a la iglesia de San Vicente.
Generaciones de alumnos del colegio de los Angeles, de la universidad de don Eugenio Goya jugamos en los muros de San Vicente, identificándonos con ellos cuando huíamos de las olas del tambor -plazoleta existente en el rompeolas del Paseo Nuevo- o cuando cambiamos cromos, tebeos y recortables en espera de la confesión general de los sábados, de la misa del domingo o de la festividad religiosa que en cada caso correspondiera.Y es que San Vicente, como lo demuestra en la actualidad cuando la tamborrada infantil de Los Angeles-Kresala hace su entrada en el templo, ha sido una iglesia muy abierta a toda clase de iniciativas populares. Ya en los siglos XVI y XVII los vicarios que hacían sus visitas pastorales a la parroquia se quejaban de la permisibilidad de sus párrocos admitiendo cencerradas, músicas y otras voces ya fuera para celebrar un matrimonio, ya para un bautismo. Quizá sea este constante comportamiento popular de quienes durante siglos han llevado las riendas de San Vicente el que ha hecho del templo, como decíamos, obligado lugar de cita, referencia indiscutible, incluso por quienes en ningún caso por razones espirituales o religiosas visitarían el lugar.