A estas Bordadoras les rondaron los premios el año pasado, aunque circunscritos al ámbito francés. El Gran Premio de la Semana de la Crítica de Cannes fue el inicio de otras alegrías: en Deauville destacaron el guión como el mejor de Francia; los críticos galos también le dieron su premio y tuvo nominaciones para los César y los Premio Europeos. Bordadoras es una película sencilla pero con una cierta conciencia artística, así que le encajaban bien todos esos 'oh,la, la'.
Bordadoras es sencilla en su argumento, pues viene a contar simplemente la situación de incertidumbre de una jovencita embarazada (Lola Naymark) que no desea tener al hijo, pero que irá cambiando a medida que se fortalece su relación con una mujer (Ariane Ascaride), que perdió a su hijo joven en un accidente. Malencarada y triste, la chica no ve salida a su situación, porque no encuentra afecto a su alrededor, y ya se sabe que sin afecto se piensa y se siente con mucha más dificultad.
Desde el dolor la mujer madura tiene mucho que ofrecerle, entre otras cosas su dedicación al bordado, que se convierte en una evidente metáfora de la construcción paciente, dedicada y finalmente fuerte, de esa amistad por un lado, y de esa personalidad que estaba desorientada, por otro.
Y ese es básicamente el asunto que Éléonore Faucher pone en imágenes con un cierto gusto por la composición, aunque se le vean demasiado las intenciones de crear imágenes bonitas, aunque carentes de fuerza. La directora trata el drama con suavidad y sensibilidad y se apoya mucho en largos silencios, que pueden ser una de las herramientas más sugerentes del cine, pero que en Bordadoras más bien marcan una cierta monotonía. El arte de la sugerencia suele ser espinoso: Bordadoras puede ser una película agradable a la vista y una apropiada defensa de la confianza en uno mismo para construir un futuro, pero puede resultar también demasiado lánguida y simplona.