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Viernes, 20 de enero de 2006
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CULTURA
CRÍTICA BROKEBACK MOUNTAIN
Dos hombres contra un destino RICARDO ALDARONDO
Jake Gyllenhaal y Heath Ledger, dos vaqueros que también hacen leyenda en Brokeback Mountain.
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Título: Brokeback Mountain (En terreno vedado). EE UU, 2005. Dirección: Ang Lee. Guión: Larry McNurtry y Diana Ossana. Fotografía: Rodrigo Prieto. Música: Gustavo Santaolalla. Intérpretes: Heath Ledger, Jake Gyllenhaal, Kinda Cardellini, Anne Hathaway. Cines de estreno: Príncipe, Warner, Cinebox Urbil, Mendibil. Duración: 134'.
El planteamiento parecía oportunista, y aunque ya han llovido los premios y los aplausos, aún habrá quien crea que va a ser un anuncio de Marlboro travestido. Pero no hay nada que temer. Ang Lee ha hecho un western en cuanto al escenario, pero esquivando cualquier parodia. Brokeback Mountain tiene herencias de Clint Eastwood, pero no del Clint Eastwood de El jinete pálido o Sin perdón, sino del que hizo esa maravillosa historia de amor titulada Los puentes de Madison, que encuentra en este Brokeback Mountain un reflejo igualmente espléndido.

Ang Lee, y el guión de Larry McNurtry y Dianna Ossana, han huido por completo de todos los tópicos temibles. Brokeback Mountain no es exactamente una película sobre la homosexualidad: no hay nada especial en esos vaqueros aparte de que se aman, no es necesario que enarbolen su condición, no es preciso que tengan ramalazos afeminados. Ang Lee no ha necesitado coartadas, ni rodeos, para introducir el componente gay, como suelen hacer la mayoría de las películas en el cine americano de gran producción. Para poner a esos amantes en el contexto habitualmente hetero del Oeste, el director y los guionistas no han precisado cambiar el perfil de los vaqueros: su amor se expresa a veces a través de la pelea, su pasión no choca con la rudeza del medio, forma parte de ella. Cuántas historias así, cuántas pasiones escondidas como esta se habrán dado en esas tierras.

En otros melodramas los amantes furtivos se esconden en moteles o casas recónditas. Aquí tienen su refugio a cielo abierto, en las montañas. Es su lugar privado fuera (o casi) de las miradas ajenas. Es una de las maneras que Ang Lee tiene de darle la vuelta a las convenciones, sin necesidad de buscarle el revés moderno a la iconografía del Oeste.

Pero la osadía tampoco es lo más destacado de Brokeback Mountain, pues todo aparece de forma natural, nada indica una voluntad de romper barreras. De lo que se trata es de contar una de esas historias de amor total, de las que producen alegría infinita porque dos personas lleguen a amarse tanto, y de las que provocan congoja tremenda cuando algo externo impide ese amor, sean las convenciones sociales o las vidas hechas por otro lado. Y ahí es donde viene la conexión con Los puentes de Madison. Pero también en el tono, en ese tempo suave y cadencioso, perfectamente medido, austero, en el que cada plano está muy pensado pero sin artificios, en el que no sobra nada y se va creando poco a poco un cúmulo de emociones calladas, que Ang Lee despliega en los diversos episodios finales, absolutamente necesarios para que la película cobre todo su sentido.

Además de esa historia de amor, Brokeback Mountain describe un Oeste desencantado, y una sociedad cerradísima, empezando por los propios enamorados: el personaje de Heath Ledger es un machista en su matrimonio. Ang Lee recoge muy sutilmente iconografías del western, y no sólo en el paisaje: esa forma de utilizar el lazo, ese plano a contraluz de Heath Ledger angustiado, contra la pared, como una réplica descorazonadora a la entrada de John Wayne en la casa de Centauros del desierto.

Ang Lee utiliza con precisión todas las herramientas a su alcance: el paisaje, la música, y la más importante en el cine, el tiempo, la elección de los pedazos de vida adecuados, con elipsis tan audaces como claras. Y por supuesto, unos actores en absoluta plenitud, sobre todo un Heath Ledger metido hacia adentro y con dificultad para expresar sus sentimientos (el apellido Aguirre del capataz y las ovejas no son los únicos paralelismos vascos...), que varía magistralmente su forma de murmurar en virtud de su estado de ánimo respecto a su amor escondido. Con todo ello, Ang Lee ha construido una película insólita pero clásica como el gran cine.



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