A la vista del número y de la calidad de las que cada uno mantiene en juego y de su posición sobre el tablero, la opinión mayoritaria entre los expertos es que la partida terminará con el jaque mate de la primera sobre la segunda. El indisimulado apoyo del Gobierno central y la entusiástica ayuda del Ejecutivo catalán; la seguridad que ofrece la potencia financiera de La Caixa; el intolerable desbarajuste de los organismos reguladores; el silencio pactado con la competencia, y la fría y distante actitud de los fondos de inversión parecían argumentos suficientes para doblegar la voluntad de los accionistas de la empresa eléctrica y para otorgar el triunfo a los dirigentes de la gasística.
Pero Endesa acaba de hacer un gambito de rey, un movimiento que puede cambiar el panorama de manera radical. Ayudado por unos beneficios extraordinarios, fruto de la venta -también extraordinaria- de su participación en Auna, ha aprobado un dividendo histórico de 2,4 euros por acción que lo pagará el día 3 de julio. La jugada consiste en que los accionistas de Endesa que deseen recibir tan goloso dividendo deberán permanecer en su accionariado hasta después de la fecha final de la OPA. Es decir, aceptar la invitación de Gas Natural supone perderse el dividendo, lo que le obligará a mejorar el precio ofertado de manera sustancial a fin de compensar la renuncia.
Hay quien opina que la decisión de Endesa es poco noble; pero, como el reglamento actualmente vigente la permite, nadie le puede obligar a renunciar a una de sus escasas líneas de defensa en esta complicada e interminable partida.