Casualidad o milagro, los destinos de Ali Agca y Juan Pablo II se encuentran y tienen una lectura bajo la luz de las profecías de Fátima. Para la Iglesia, el atentado ha acabado por convertirse en el cumplimiento de una de las premoniciones que la Virgen habría comunicado a los tres pastores portugueses en 1917, un evento trascendental que lo convierte en uno de los hitos del pontificado de Wojtyla. Para el terrorista, de forma más pragmática e independientemente de la sinceridad de su conversión mística, ha significado convertirse en «instrumento inconsciente de un plan misterioso». Una coartada sobrenatural magnífica para construir la última versión de su personaje, la de loco iluminado.
En cualquier caso, muchas piezas encajan y el resultado es fascinante. El atentado tuvo lugar el 13 de mayo, fiesta de la Virgen de Fátima y, otra curiosidad, la primera persona que retuvo a Agca tras el disparo fue una monja llamada Lucía, como la última superviviente de los tres pastores, también religiosa. El Papa donó el proyectil que le hirió al santuario de Fátima, donde ahora está incrustado en la corona de la Virgen, y mostró luego su convicción de que su mano había desviado la bala. Tan sólo un año después del atentado viajó a Fátima, donde reconoció: «Cuando recuperé la conciencia, mi pensamiento vino de inmediato a este santuario». Pero otra cosa que hizo enseguida tras el atentado fue pedir que le llevaran desde el Archivo Secreto del Vaticano el sobre donde se conservaba el llamado tercer secreto de Fátima.