El que tuvo, retuvo... Al buen Sharon le habían puesto música de Mozart para despertar sus estímulos y los médicos que le atienden han decidido cambiar el tratamiento por una reproducción de pasajes bélicos. Le deben poner más. La sicología del ser humano es inescrutable. Como los sueños. Cuando uno los padece sufre pesadillas y cuando los recuerda, se reconoce en ellos. Nos asustamos de nosotros mismos. Algo han tenido que ver los galenos que tratan a Sharon para colegir que su alma está más cerca de los cañones que del mago del embeleso y la melancolía de todos los tiempos. Que otra cosa hubiese sido el tránsito desde Wagner. Este general bajo la piel de un político debe tener el alma endurecida en mil batallas. De otro modo, el salto hubiese sido mortal. Nadie debe despertar de un sueño melodioso con un cañonazo. Incluso recomiendan que a los sonámbulos no se les despierte de pronto con sobresalto. Pero el alma es de Dios y, por lo tanto, un abismo insondable. Asomados a ella uno se lleva sorpresas inexplicables. Tanto sufrir el PP para justificar en Irak una misión humanitaria y ha tenido que venir el impresentable Bremer a recordar que nuestra inefable soldadesca en lugar de disparar repartía besos, otra estrategia, mucho más sutil y a veces más efectiva a la hora de domeñar al enemigo, aunque tratándose de un Ejército resulte a las luces yanquis totalmente impropia. La lectura de nuestro espíritu inquieto conduce en sentido inverso a la terapia aplicada a Sharon, nuestros soldados viajaban de los pasajes bélicos a Mozart.
Lo que incomprensiblemente ha cabreado a quienes les enviaron es, en el fondo, el reconocimiento de la ternura. Los amigos de la muerte repartían en realidad abrazos por doquier entre niños y morisma. Hacían amigos. Un hecho insoportable de dividendos más que inciertos si atenemos a los excelentes resultados obtenidos por el virrey Bremer y el corto recorrido de su política de tierra quemada en Irak. Son desahogos en el portal de la jubilación, en los que bueno es que haya niños para echarles la culpa. Pero así son ellos. No entienden que alguien asista a la guerra desde la torreta de un tanque con el espíritu de un Séneca y, sin embargo, no tienen empacho en justificar la crueldad de Guantánamo, renacida al calor del cuarto aniversario, en línea con el amor que los americanos sienten por los números cabalísticos. Recuerden lo que lloraron por el soldados número 2.000 muerto en Irak y la losa de olvido que ha cubierto a los que han seguido cayendo en esa guerra insensata. Bremer se ha asomado al alma del soldado español y ha descubierto que, en el fondo, lo que le gustan son las cabalgatas, disfrazarse de rey mago y tirar caramelos a los niños. Más que la guerra.
Guantánamo amanecía ayer de nuevo como un caballo de Troya en la sociedad americana, en la que no todos han perdido la vergüenza como Bremer, un personaje, amigo de Bush, que tuvo que ser rápidamente sustituido por su ineptitud, de la que ahora culpa a la ternura. La alternativa ética parece sugerir que los internos en esa isla sin ley abandonen su exilio para dejar sitio a los 'bremeres' del mundo. A los que no entienden como Kierkegaard que «el supremo goce imaginario es ser amado por encima de todo».