SAN SEBASTIÁN. DV. Su jornada laboral comienza cuando amanece «bien», lo que estos días del año se traduce en las ocho de la mañana, más o menos. Visten monos amarillos reflectantes, pero la luz diurna es indispensable «para que nos vean. Si no, imagínate», cuenta Gerardo mientras organiza a su cuadrilla en la N-634 a la altura de Usurbil. Estos trabajadores están a punto de iniciar las labores de limpieza de un nuevo tramo de carretera. Los preparativos han sido largos. Quitar y poner las señalización que marca la normativa lleva su tiempo. Media hora, por lo menos. En total, son cerca de una veintena de señales colocados en dos kilómetros. Algunos advierten de la prohibición de circular a más de 60, otros prohíben adelantar, otros alertan del estrechamiento de la calzada, y al final se limita la velocidad a 40 km/h. «Y ya ves. Ese camión va por lo menos a 80. Ante cualquier percance no le daría tiempo a reaccionar y nos llevaría por delante».
Detrás de la bionda
El panorama que describe Gerardo es poco menos que la jungla, con algunos episodios aterradores. «El año pasado, en el alto de Arlabán, le dimos el stop a un coche. No nos hizo caso y tuvimos que saltar detrás de la bionda para que no nos atropellase». El operario, con cuatro años de experiencia, asegura que la mayoría de los conductores no respeta las señales. Al borde del arcén, con el continuo ruido de los vehículos yendo y viniendo, la sensación es que casi nadie cumple a rajatabla las señales. ¿Y qué se puede hacer? «No lo sé. A menos que se ponga una patrulla de la Ertzaintza junto a las señales... Los conductores deben concienciarse. Si queremos mantener las carreteras limpias, tienen que respetarnos, porque todavía no hay máquinas que hagan nuestro trabajo».
Gerardo, quien asegura que las variantes son las carreteras más peligrosas porque los conductores circulan confiados, describe su trabajo como «muy peligroso. Hay gente a la que le entra miedo y lo deja».
Las señales ya están colocadas. También los pivotes. Han aparcado en el arcén los vehículos - «muchas veces no es fácil encontrar el sitio apropiado»- y Gerardo coge el walkie-talkie para indicar a los dos paletistas (operarios con señales manuales que van cortando el tráfico) que entren en acción. Mientras tanto, un compañero levanta con un soplador la tierra y hojas acumuladas en un canalón, otro retira con una pala hierba que ha empezado a crecer y limpian el desagüe. Así van metro a metro. A ratos, tienen que soportar algún mal gesto de un conductor enfadado por los segundos en los que ha permanecido parado o porque ha tenido que reducir la velocidad. «Es un trabajo muy estresante».