MOSCÚ. Las relaciones de Rusia con los países de lo que considera su zona de influencia, delimitada por las antiguas fronteras soviéticas, son muy desiguales. Desde idilios con promesa de matrimonio a corto plazo, como sucede con Bielorrusia, hasta traumáticos divorcios, como se está viendo en el caso de Ucrania.
El Kremlin considera fieles aliados a Bielorrusia, Kazajstán, Tayikistán y Armenia. Se acaba de reconciliar con Uzbekistán, soporta más o menos a Azerbaiyán, Kirguistán y Turkmenistán, pero mantiene relaciones muy tensas con Estonia, Letonia, Lituania, Ucrania, Moldavia y Georgia.
La Comunidad de Estados Independientes (CEI), creada tras la desintegración de la URSS por todas las antiguas repúblicas soviéticas salvo las bálticas nunca cuajó. La última deserción, hace unos meses, fue la de Turkmenistán, una grotesca dictadura en el corazón de Asia, la única de la zona con la que Moscú no simpatiza aunque desee el deshielo. Formalmente, once países conforman la CEI, pero en su seno se dan subdivisiones que evidencian la existencia de distintas velocidades en función de la lealtad que se profese hacia el Kremlin.
El 'núcleo duro' lo constituyen Rusia, Bielorrusia, Armenia, Kazajstán, Tayikistán y Kirguistán en lo que se denomina Organización del Tratado de Seguridad Colectiva (ODKB), una alianza militar de carácter defensivo, según reza en la declaración fundacional . Tras la 'revolución de los tulipanes', la pasada primavera, la participación de Kirguistán en el grupo se cuestionó, pero Bishkek, no sólo garantizó a Moscú la permanencia de su base aérea en Kant, sino que aceptó una duplicación de sus efectivos.
Al Tratado de Seguridad Colectiva se unirá pronto Uzbekistán, el hijo pródigo. Su presidente, Islam Karímov, otro tirano ex comunista, estuvo dando la espalda a Moscú durante una década, coqueteando con EE UU, a cuyas tropas permitió instalar bases en su territorio. Ahora están siendo desmanteladas y podrían pasar a manos de Rusia.
Rusia y Bielorrusia, el único país de la CEI al que Gazprom no ha subido el precio del gas, tienen previsto este año llevar a término un viejo proyecto de unión que lleva años estancado. En cuanto a Kazajstán, su enorme frontera con Rusia, la mayor del mundo, y el cosmódromo de Baikonur, desde donde la agencia rusa del espacio lanza sus naves, le convierte en un aliado clave para el Kremlin. Su presidente, Nursultán Nazarbáyev, tampoco se puede decir que sea un demócrata ejemplar. Tayikistán cobra importancia para Rusia por su frontera con Afganistán, fuente de problemas como el narcotráfico y el radicalismo islámico, así como Armenia, su principal aliado al sur del Cáucaso. Las bases que Rusia está retirando de Georgia se están desplegando en Armenia.
Con Azerbaiyán, las relaciones fueron siempre difíciles debido al conflicto de Nagorno Karabaj. Rusia apoyó a los armenios. La construcción del oleoducto Bakú-Tiflis-Ceyhán y el gaseoducto Bakú-Tiflis-Erzurum, que evitan Rusia al pasar a través de Georgia y Turquía, empeoró más las cosas. Bakú mantiene además unas relaciones estrechas con Washington, que incluye un capítulo de cooperación militar nada agradable para el Kremlin.
Finalmente, está el grupo de los apestados. Las relaciones de Rusia con Moldavia, Georgia y Ucrania se envenenaron por las recientes revoluciones naranjas y el apoyo del Kremlin a los separatistas de Abjasia, Osetia del Sur y Trasdniester. Estonia, Letonia y Lituania, miembros ahora de la UE, tampoco se entienden con la antigua metrópoli. La decisión de Gazprom de tender un gaseoducto a Alemania a través del mar, esquivando esas tres repúblicas bálticas y Polonia, ha causado indignación. Moscú acusa a Estonia y Letonia de discriminar a la minoría rusa. Se da la circunstancia de que las seis ex repúblicas soviéticas con las que peor se lleva el Kremlin son consumidoras de gas ruso.