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Martes, 3 de enero de 2006
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OPINIÓN
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Una estación
En Astapovo, al fin y al cabo, había un jefe de estación. ¿Malhaya para las ansias fugitivas del patriarca de Jasnaya Poliana! La muerte de Ivan Ilich, pudo ser un anticipo, intuición premonitoria de su propia muerte, y las ruedas de hierro marcan la imagen de Ana que trasciende a la inmortalidad desde las mismas vías, exquisita carne de mujer molturada la de la adúltera esposa del consejero Karenine, que acaso es que esa carne macerada siga sintiendo aún el alentar de un remuerdo de la conciencia junto al de su amante ante la generosidad del marido, tan longánimo en perdones. Huía Tolstoi de lo que le era imposible, de su fama y del nimbo de su gloria. El último capítulo de su biografía lo abre Stefan Zweig con la cita de una frase arrancada de una carta: «Únicamente solo, se puede uno aproximar a Dios». Pero, ¿cómo quedarse solo, si le flamean por sus costados las banderas, grímpolas y gallardetes de sus excelencias personales? Escribe el vienés que «Tolstoi huye hacia Dios, hacia sí mismo, hacia su muerte, esa muerte que le ha sido asignada». Y, para realizar esa huida imposible, escoge un tren, se ubica en el asiento de un vagón de tercera, con una gorra injertada de calores y disfraces en su cabeza. Pero la gloria le suda, le brota en manantial, y apenas sentado, un viajero le reconoce, lo que es una explosión de curiosidades, gentes y más gentes que acuden, telégrafos que dan noticia del descubrimiento, policías, periodistas... Las ansias fugitivas del patriarca ruso se han visto quebradas.



La aproximación.-

Pero acaso es que la voluntad es un filo hiriente que puede hacer que el 'fiat' se imponga sin más que proponérselo, que las ansias de huida de Tolstoi parecen proclamarse en esa minúscula estación de ferrocarril de Astapovo en la que he pensado, con todas las abismales distancias imaginables, pero de cuerpo presente, esta pasada semana. Que escribe Zweig que enfermado Tolstoi en su mísero asiento de tren, apeado sin remedio en Astapovo, no hay ni fonda, ni pensión, ni hotel, ni casa digna donde albergarle y se le ingresa en un cuarto oscuro, pequeño, de estremecedora pobreza, pero que dice el biógrafo, y aquí está el sello del poder mental, «cuando va a morir, en sus últimos momentos, todo se ha convertido con exactitud en lo que había deseado más ardientemente», que Tolstoi ya está con su soledad de la cual nadie puede arrebatarle.

Cualquier día, por casualidad, es posible una mínima aproximación a Astapovo, pequeña y pobre estación de ferrocarril perdida en las grandes extensiones de la Rusia tolstoiana. Mínima, insignificante, casi inauscultable aproximación desde luego que, desde Astapovo irradia la gloriosa impotencia del fugitivo hacia Dios del fugitivo desde los hombres. Pero es posible esa mínima aproximación a Astapovo y su tragedia estallante si se pone uno a esperar al tren en esa estación de ferrocarril que la Renfe ofrece a la mente y a su poder de aproximación telepática.



El salto de la rana.-

Ha contado Zweig cómo, ante su hija, que le acompaña, Tolstoi se estremece de frío. Y nos presenta, asimismo, el contraste, la fiebre, hielo y fuego, que es el cauterizador símbolo del enfermo. «El sudor brota de todos los poros del cuerpo del anciano» y «la fiebre arde en sus venas». Toda ancianidad ha hecho perder la gallardía del músculo y la carne, caediza, se estremece de tantas cosas, al menos de frío como última caída irrecuperable. Aquel ratón vibrante, el mus de la juventud, ya no está en el bíceps lacio y no se muestra aguerrido como de campeón, que lo es, solamente, de decadencias. Con el estremecimiento sucede que el corazón salta en su caja torácica, y nada más patético que algo viejo saltando, una rana vieja que ni despegarse puede del suelo, que es por eso, seguramente, que los ancianos chinos llenan el jardín de movimientos acompasados, casi musicales, en la lejanía una de esas imprecisas y tan tenues tonadas que el suave viento entre las hojas de los árboles interpreta, que parece todo una imaginería cursi cuando todo es una depuración de siglos, un producto de alquitara prodigiosa que fuera goteando arte en ruedas de melancolía.



Frío.-

El traslado a la misma estepa rusa desde la pobre estación de tren de una población de Guipúzcoa que ha ido alejándose paulatinamente de la costa hasta llegar a los ribazos de la montaña en una tarde aterida en fríos, solamente pide un adarme de imaginación viajera y sentimental, no por supuesto en ningún caso los caudales ampulosos de fantasía que pudiera haber desplegado aquel genio de la improvisación artística que fue Potemkin, maestro en el bluff de clonar poblados ante el paso de la gran Catalina. La conocida situación de esta Guipúzcoa tercermundista en comunicaciones viarias personales (hasta siempre para los que ni siquiera peinamos canas), toda una aventura esforzada en recorrer nuestras pequeñas distancias, se hacía patente esa reciente tarde de invierno en esa pequeña estación, con un mujik que era un indígena agazapado bajo una gabardina más bien feble y bufaba como búfalo enano, las aletas de la nariz enrojecidas, los ojos queriendo ser más cavernosos a cada momento, las manos en aspas que buscaban el refugio de los sobacos, bufa y bufa y bufa el búfalo que de esta manera aspavienta el frío que mana desde las laderas de la montaña blanca que, en esa situación todo se ve de una blancura de frío, porque el frío siempre es blanco, el frío es un trozo de hielo que tiene forma de 'aizkora' criminal, hacha que llega al corazón estremecido que salta y salta en su cubículo de infierno helado que hasta las estribaciones de la misma Evgenia Semionovna Ginzburg en su El vértigo (Edit. Noguer, 1967) nos parece llevar, y se sabe que va a ocurrir el gran encuentro, que el bufido hará puff, y ya no necesitamos recurrir al diccionario onomatopéyico, todo puede quedar en una lisura de gelatina hasta que la congelación trace sus propias vías.

El búfalo enano, pues, y tres jóvenes en una esquina que se cuentan su historia en melopea y otro más allá ejercitándose en contracturas antigélidas y un andén contra otro haciéndose retos longitudinales y nada más que el silencio de la atardecida que siempre es noche crecida desde sus primeras horas a estas alturas del calendario. De todas formas, cómo no acordarnos de Astapovo, aun sin la presencia del gigante Tolstoi, que, de estar en esta estación de helores, ni siquiera hubiera encontrado el asilo de ese cuarto oscuro, la soledad, ¿acaso Dios que dicen que en todas partes habita?, pero sí, en cambio, la paz que tirita...



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