El año recién estrenado dará sus frutos en Euskadi siempre y cuando las formaciones políticas y las instituciones hayan asimilado las lecciones que ha dejado 2005. El pasado año la sociedad vasca ha sido a la vez protagonista y espectadora de importantes acontecimientos que podrían preludiar un tiempo de cambio y esperanza. El anhelo de que el terrorismo desaparezca definitivamente y el deseo de que el entendimiento sustituya al enfrentamiento en la política vasca son propósitos comunes a la inmensa mayoría de la sociedad. Pero aún persisten los intentos de manipulación de esas aspiraciones colectivas. La paz continua apareciendo en demasiadas ocasiones como coartada argumental para defender opciones políticas que se asemejan en exceso a las pretensiones que albergan los propios terroristas. Del mismo modo que la apelación al diálogo 'sin condiciones ni exclusiones' trata de inducir en la opinión pública una sensación tan irreal como injusta: la impresión de que hay que partir de cero. El 2006 se presenta como un año de expectativas; y lo será si la sociedad y sus representantes más comprometidos con la convivencia en libertad logran apartar los peligros que representan la intolerancia, el exclusivismo y la confrontación extrema.
El autogobierno vasco, con un cuarto de siglo de vigencia, requiere ser actualizado y eventualmente reformado para ajustarse a nuevas necesidades y desafíos. La experiencia acumulada y la integración europea así lo aconsejan a la hora de clarificar al máximo nuestro marco competencial y procurar una gestión más eficiente de los intereses ciudadanos. Pero la lección que ha dejado 2005 es que ni el Estado constitucional ni la voluntad ciudadana permiten o auspician proyectos de ruptura. De forma que ha quedado consagrada la premisa de que ningún proyecto de cambio puede merecer el calificativo de mejora y avance si no propicia, como mínimo, el nivel de consenso social y político en que se cimentó el Estatuto de Gernika, y no procura avanzar por el cauce abierto entre 1978 y 1979, sin desentenderse de él o desbordarlo.
La gran lección que la democracia ha aprendido en la lucha contra ETA es que el abandono definitivo de las armas será consecuencia de la debilidad en que se encuentre ésta. En ese sentido, es de esperar que, en el año que ahora comienza, las instituciones competentes afronten, con el apoyo de las fuerzas democráticas y sin que éstas utilicen la lucha antiterrorista como tema de enfrentamiento partidario, la tarea primordial de conseguir el final de la violencia dejando claro en todo momento que ETA no recibirá nada a cambio de hacer aquello que la sociedad y la razón democrática le exigen: que desaparezca de una vez y para siempre.
El pasado año, con la obligada retirada del Plan Ibarretxe, se disiparon buena parte de los temores que apuntaban no sólo a una ruptura entre la autonomía vasca y la España constitucional, sino también a una quiebra de la convivencia en la pluralidad que caracteriza a Euskadi. El reto que ante sí tienen ahora los partidos y las instituciones es el de dotar a Euskadi de un clima político de entendimiento interno y de engarce constitucional para evitar regresar a la zozobra vivida en los años anteriores. Es preciso construir un futuro fundamentado en la existencia de una mayoría democrática y pluralista que es la que da sentido al progreso y a la convivencia en cualquier sociedad. Algo que exige el compromiso constante de cuantos en la política y en la sociedad aspiran a conocer un País Vasco próspero y estable en el que ya nadie más pueda albergar delirios de barbarie o quimeras de secesión.