 Jean Reno en El imperio de los lobos.
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| Título: El imperio de los lobos. (L´empire des loups, Francia, 2005). Direción: Chris Nahon. Guión: Jean Christophe Grange, Nahon, Clavier, Ollivier. Fotografía: M. Abramovicz. Música: Dan Levy, Samuel Narboni.. Intérpretes: Jean Reno, Arly Jover. Cine de estreno: Oscar, Warner, Cinebox, Urbil, Txingudi. Duración: 128'. |
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Estuvo en la Semana de Terror de Donostia. En principio, con todo merecimiento: cara y espectacular producción francesa rubricada por gentes que formatearon aquel gran éxito titulado Los ríos de color púrpura, gentes muy capaces de plantarle cara en el resbaladizo terreno de la fantasía cruel, la ficción política, el misterio policiaco, al Hollywood que dormita. Estuvo también en Sitges. Con todo derecho: ciudades turbias y turbadoras, policías sin escrúpulos, siquiatras oscuros, organizaciones turbulentas, terribles. Tan terribles como esos lobos grises turcos que, en el mundo real del Bósforo, desde la oscuridad y la derecha más extrema rigen la vida de, al menos, 700.000 personas.
En sus albores, antes de que se expanda por la pantalla, este El imperio de los lobos, fascina, seduce. Con un actor fiero, el Reno, y alguna presencia llegada del pasado, la Morante, por ejemplo. Una historia casi cabalística sobre personalidades suplantadas, recuerdos robados, memorias que no nos pertenecen... Lo peor viene después, cuando la película, lujosa en sus ropajes de diseño de producción, se desarrolla ante los ojos de un espectador que pronto será aplastado por un ritmo narrativo y cinematográfico pasado de marchas, de revoluciones, de velocidades. Aplastado por un guión alambicado hasta tal extremo que no sabe ni quiénes son los suyos ni quiénes sus enemigos, ni qué desea revelar y qué ocultar. Grandilocuente, iluminada siempre en una oscuridad que no impone sino que, simplemente, impide al público situarse; cargada de secretos, dobleces, márgenes estrechísimos, bordes sin rebordes, el espectador de esta película se siente atrapado en una historia que deja de interesarle, y dominado por una cámara que se crece continuamente en sus vanas y alborotadas pretensiones. Al final, pasa lo que pasa en toda propuesta abracadante: la mayoría de los cabos sueltos, sueltos quedan y los que son atados por los guionistas, son anudados a la buena de dios, suponiendo todos que para entonces, el público estará ya tan abrumado que poco le importará la lógica de todo y la sinrazón de nada.