Quién ha dicho que este sea un nuevo año y no el anterior, o el anterior o el anterior. Con la resaca propia de la fecha me levantaba de la cama el domingo en El día de la marmota, con camciones de Rocío Jurado. No había periódico, ciertamente, pero la radio me recordó que todo seguía igual y que, como decía el maestro Azorín, la vida es ver volver.
Llovía a cántaros, los muertos en Irak sobresapaban la veintena, Bush continuaba añadiendo sandeces a su enciclopédica capacidad al constatar no sé que tipo de «logros asombrosos en la historia de la libertad» (o tal vez haya vuelto a la bebida), Putin se afincaba un poco más en la brutalidad cerrando el gas a los ucranios, Austria inauguraba un nuevo mandato de la Unión con pedigrí ultranacionalista y resabios matinales de vals de Straus, en los territorios ocupados Hamas levantaba la veda de barbacoas humanas, en África el colonialismo rampante del hambre y el sida se abren paso entre la corrupción de sus dirigentes y el genocicio masivo a machete de unos contra otros, los sin techo pakistaníes sufrían los rigores del invierno amenazados por un nuevo terremoto, una adolescente aparecía asesinada y violada en cualquier calle de Ciudad Juárez y los iraníes se pertrechan de uranio para faciltar el camino de la Humanidad al paraíso, los genocidas serbios recigen una pensión del gobierno, se busca a Bin Laden mientras se menoscaba el territorio de libertad en favor de una inconcreta e improbable seguridad y Pinochet sigue sufriendo los rigores de una persecusión dulce de la justicia chilena que le llevará a la tumba cuando Dios lo quiera con honores de jefe de Estado y un interesante patrimonio repartido entre su indigente familia. Fidel Castro seguirá repartiendo ollas, que no cocido, entre su hambriendo y desesperado pueblo y Chávez dirá otra chorrada al despertar, a la revolución de los pobres añadiremos el nombre del boliviano Evo Morales y Lula chapoterá en el lodo, minado su proyecto redentor por el sarcoma de la corrupción.
Hacía frío fuera y cuando comía un turrón sin azúcar y mientras bebía una cerveza sin alcohol y hervía unas nécoras sin sal tuve la tentación de pensar que estaba viviendo en el primer mundo. Pero al quedarme dormido me asaltó la pesadilla de un Papa Noel con la cara y la barba lampiña de Mariano Rajoy que enjaretaba a ritmo de villancico nuevas imprecaciones a Zapatero mientras Acebes vestido de monaguillo sostenía en sus manos una vela con un lacito de acebo en su base, con el el mejor espítitu navideño. En tonces recordé aquellas palabras de Goethe: «Todo nace y perece siguiendo la ley, pero sobre la vida del hombre, ese precioso tesoro, domina una suerte inestable».
Lamentablemente no sólo nada había cambiado sino que hasta yo seguía siendo el mismo. Un individuo gruñón que padece empacho de lo que le rodea. Tuve la intención de salir al jardín como mis vecinos a tirar cohetes y contribuir de este modo a lo que parecía una alegría común ajena por completo a mis pesadumbres. Pero debo estar muy enfermo porque me pareció más original e igualmente ígneo la quema de coches en París. «Todos los vicios, Sancho, traen un no sé qué de deleite consigo, pero el de la envidia no trae sino disgustos, rencores y rabias» (don Quijote). A fe mía que ese debe ser mi verdadero pecado.