El Ying y el Yang de nuestro sistema educativo

Toca replantearnos qué enseñamos y sobre todo el cómo lo enseñamos. Nuestra obligación pasa por responder a las necesidades reales de nuestros hijos

El Ying y el Yang de nuestro sistema educativo
Josemari Alemán Amundarian
AITOR URIONDOGestor Educativo

El Talento Competencial. Esa parece ser la piedra filosofal. Todos perseguimos la capacidad, la disposición y la actitud para el aprendizaje, la cooperación y el rendimiento basado en la fuerza del equipo, la investigación y el disfrute por lo que uno hace.

Escucho con gran interés la opinión de quienes definen los perfiles que el mercado laboral demanda. Todos ellos hablan de lo importante de la transversalidad, polivalencia, autogestión, aprendizaje continuo y todos aquellos términos que nos acercan a la frase más escuchada en el mundo de la educación en los últimos tiempos. «Del contenido a la competencia y tiro porque me toca».

Queremos jóvenes competentes, con sentido crítico, que persigan el crecimiento desde la aportación y cuidado del entorno que les rodea. Para ello, el sistema educativo se encuentra posiblemente en la revolución más profunda a la que se ha enfrentado en las últimas décadas.

Un momento apasionante para los que participamos de ese cambio. Sentir que estamos participando activamente de un capítulo importante en la historia de nuestro sistema educativo no se paga con dinero. Toca desaprender ciertas cosas para aprender otras que ni nos las habíamos planteado hasta ahora.Toca replantearse qué enseñamos y sobre todo el cómo lo enseñamos. Nuestra obligación pasa por responder a las necesidades reales de nuestros hijos. Unas generaciones que han de ser los principales agentes del cambio. Por ello, las planificaciones a largo plazo ya no sirven. La velocidad, los ritmos, y la flexibilidad de esta sociedad marcarán los retos que se les van a presentar y a los que deberán de responder desde la valentía y la solidaridad conjunta.

Una vez estrenado el 2018, parece que nos asomamos a un año ‘movidito’. Movilizaciones, mesas de negociación, mensajes envenenados, comportamientos que a veces nos hacen dudar de los intereses que se esconden tras ellos. Hablaba de solidaridad y valentía para nuestros alumnos. No estaría mal que nos aplicásemos el cuento. Administración, plataformas sindicales, patronales... trabajen en equipo. Antepongan los intereses reales para que nos sintamos orgullosos de lo construido entre todos.

Necesitamos cambios reales, actitudes valientes y solidarias. Autoexigencia, practicidad y crecimiento de un sistema que requiere de retoques importantes. ¿Qué tal si hablamos de la formación continua? ¿Del rendimiento laboral? ¿De la implicación de los equipos directivos, profesorado, familias...?

Hablo sobre capacitar a los alumnos para desarrollar sus intereses y cualidades personales, objetivo universal avalado por Heziberri2020, agentes educativos, expertos pedagógicos, y la madre del cordero.

Pero ese objetivo idílico se encuentra con una cruda realidad resistente al cambio. En cuanto empezamos a hablar de evaluación, acreditación o salvo conducto, todos los miedos saltan al escenario.

El sistema de evaluación actual imposibilita el cambio real que el sistema educativo requiere. O eso es lo que todos decimos. ¿Empezamos por cambiar eso? No hablo de flexibilizar, no hablo de regalar, no hablo de que la escuela se convierta en un ecosistema de felicidad.¿O sí? ¿No hablamos de cambiar la manera de enseñar? Pues también deberíamos de cambiar la manera de aprender. ¿O es que no aprendemos y producimos más cuando basamos nuestra productividad en la confianza y la seguridad?

En este sistema actual estamos potenciando el miedo al fracaso tanto entre el alumnado, pero sobretodo entre el profesorado y las familias. Ante el cambio propuesto por el Yin de las competencias, aparece el freno de Yang de los contenidos y su evaluación. Ante ello, el profesional que se enfrenta a los adolescentes y sus familias, que persiguen una ‘nota de corte’ y que han olvidado por completo aquello tan bonito del desarrollo de la persona competente, cooperativa y solidaria nota el foco del fracaso enfocando a su cogote. ¿Y si fuésemos valientes y modificásemos esas pruebas de acceso a estudios superiores obligándonos a todos a centrar parte de la energía en aquello que consideramos importante y necesario para nuestra sociedad?

Que la evaluación sirva para diagnosticar pero sobre todo para influir en el proceso formativo motivando, empujando y buscando canales de mejora continua. La evaluación debe de convertirse en parte de nuestra cultura diaria pero ella no puede convertirse en el fin de la educación. Aquello que no se mide no se puede mejorar, por lo que la evaluación tiene que servir para evidenciar lo que es mejorable.

Invirtamos en diseñar un modelo de evaluación acorde a los medios que dispone cada centro; al entorno socio económico; marquemos objetivos reales, alcanzables y motivantes para el microcosmos que se vive en cada centro escolar. Financiación y exigencia, exigencia y financiación. Un binomio que con la política del café para todos baila una melodía arrítmica y poco atractiva por momentos.

Por ello, a todos aquellos que nos hablaran en las próximas semanas de lo mal que lo hace el de enfrente, sean responsables con lo que se discute anteponiendo los derechos de aquellos a los que nos debemos, y bailen por ellos de manera rítmica por favor.

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