El voto de la mujer

La primera vez que participaron en unas elecciones en España fue el domingo 5 de noviembre de 1933 en el referéndum quese celebró en el País Vasco por el Estatuto de Autonomía

MANUEL MONTERO

Cuando se evoca la llegada del voto femenino a España suele deslizarse un peculiar olvido, que sin ser trascendental se convierte en un error histórico que tiene su importancia. El sufragio de la mujer quedó aprobado en la Constitución de la Segunda República, diciembre de 1931, y suele afirmarse que la primera vez que se ejerció fue en las elecciones a Cortes del 19 de noviembre de 1933.

No es exacto: la primera vez que votó la mujer en España fue quince días antes, el domingo 5 de noviembre de 1933, en el referéndum que se celebró en el País Vasco por el Estatuto de Autonomía, que se saldó con un rotundo apoyo autonomista.

La anticipación fue escasa, un par de semanas, pero conviene resaltar que fue en Euskadi donde por primera vez en España se llamó a las mujeres a las urnas. Y, por lo que sabemos, acudieron en masa, con una movilización amplísima. «Ni una sola mujer quedó el domingo en casa, para ir a depositar el voto», resumió la prensa, quizás no de forma del todo exacta, pero resumiendo bien el ambiente de gran participación de las mujeres. En este aspecto del desarrollo democrático, el País Vasco fue el primero y conviene recordarlo, pues no hubo tantas ocasiones.

Cabría aducir, para minusvalorar la importancia del voto femenino en el referéndum vasco, que fue mera consecuencia de la disposición constitucional que disponía el sufragio universal sin discriminaciones. Era así, pero hay que notar que estando vigente la Constitución de la Segunda República se produjo antes otra votación, pese a lo cual el País Vasco presenta la mencionada primacía en la aplicación del voto femenino.

Las primeras votaciones que hubo en España tras aprobarse el voto de la mujer fueron las que eligieron el Parlament catalán en noviembre de 1932, dos meses después de que las Cortes aprobaran el Estatuto de Autonomía de Cataluña –el referéndum plebiscitario se había producido en agosto de 1931, cuando todavía no estaba aprobado el sufragio femenino–. Pues bien: se produjo la anomalía de que en aquella ocasión los catalanes se saltaron la obligación constitucional del voto de las mujeres y fueron convocados sólo los hombres. En realidad, a los catalanes les había tocado estrenar el voto femenino. Renunciaron a ello y el honor, si lo es, correspondió así a los vascos, que fueron los siguientes en ser llamados a las urnas.

Tiene interés la razón por la cual en noviembre de 1932 en Cataluña sólo votaron los hombres, contraviniendo el mandato constitucional y el espíritu democrático. Las elecciones las convocó el Gobierno Provisional de la Generalidad de Cataluña, que presidía Francesc Maciá, de Esquerra Republicana. De forma inesperada este alegó que era imposible convocar a las mujeres en las primeras elecciones democráticas a un Parlament porque no existía un censo oficial femenino, falla que no se intentó subsanar pese al requerimiento de otros partidos.

Evidentemente, la cuestión del censo era una excusa. La razón de fondo de la exclusión anticonstitucional de las mujeres en las elecciones era política. Tenía que ver con la resistencia que en las Cortes Constituyentes algunos diputados de izquierda, sobre todo socialistas y republicanos, habían opuesto a otorgar el voto a las mujeres. En Cataluña, ERC y los partidos de izquierda entendían que las mujeres inclinarían el voto hacia la derecha, por sus convicciones conservadoras y por la gran influencia que en ellas tenía la Iglesia.

En estos sectores no habían calado las palabras de Clara Campoamor, la diputada radical que defendió el voto femenino en las Cortes: «¿Por qué el hombre, al advenimiento de la República, ha de tener sus derechos y han de ponerse en un lazareto los de la mujer?», sentando que era una cuestión de derechos ciudadanos, no de orientación del voto. La izquierda catalana relegó el ejercicio de los derechos en función de intereses partidistas. Cataluña no siempre fue avanzada y progresista.

Se produjo así la circunstancia de que las que tenían que haber pasado a la historia como las primeras elecciones celebradas en España en las que votó la mujer, se quedaron como las últimas en las que fueron excluidas, a contracorriente de los avances constitucionales.

Al año siguiente, en el País Vasco no se produjeron circunstancias de este tipo ni invitaciones a saltarse la ley. No hubiese valido la especie de que no había censo femenino, cuando al de dos semanas se cerraban elecciones generales. Pero tampoco hubo intenciones de ningún partido en ese sentido, si bien algunos sectores recalcitrantes de la izquierda alegaban que el voto de las mujeres, conservador, apuntalaba las opciones estatutarias avaladas por el nacionalismo vasco.

De todas formas, todavía se vertía en la prensa algún recelo sobre el voto femenino, con el convencimiento de que «el sufragio femenino será un sufragio de derechas», imaginando una profunda escisión política por sexos. De soslayo, se dejaba caer la idea de que la orientación del voto constituía una razón suficiente para cuestionar el ejercicio del sufragio.

La primera vez que votó la mujer en el País Vasco y España, a comienzos de noviembre de 1933, fue una ocasión de entusiasmo democrático y movilización masiva. Anotó la prensa que en Lejona votó una mujer centenaria, María Dolores Bárbara de Bilbao, que habría nacido en 1833 y que verosímilmente es la mujer «más antigua» que llegó a ejercer el derecho de sufragio en España, o al menos estuvo en un selecto grupo. Lo explicó bien otra anciana en Bilbao: «también nosotras tenemos que votar y bien contentas, ya lo creo».

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