El año que vivimos peligrosamente

GABRIEL COLOMÉProfesor de ciencia política (universidad autónoma de Barcelona)

Independencia, autodeterminación, república catalana, artículo 155. Nadie podía imaginar en 2012, antes de la disolución del Parlament por Artur Mas, que serían palabras que formarían parte de la cotidianidad del llamado ‘procés’. El independentismo catalán ha quemado todas las etapas, desde 2012, a velocidad de vértigo para llegar al viernes 27 de octubre de 2017 y proclamar la República. Cinco años. En Escocia tardaron 30. En Quebec, 25. En Cataluña se aplicó el criterio de ‘tenemos prisa’.

Pero ¿cómo se llega en cinco años de la nada a casi el infinito? ¿Cómo se pasa de un 12% de independentistas en 2005 al 48 % en 2013? Es verdad que desde 2004 el PP ha hecho mucho para incrementar los adeptos al soberanismo pero no es suficiente. Campañas anticatalanas se han vivido con anterioridad. Por ejemplo en la época de la pinza Aznar-Anguita contra el Gobierno González (1993-1996) y el famoso lema de ‘Pujol, enano, habla castellano’ convertido en la afirmación de Aznar de hablar catalán en la intimidad para gobernar gracias a Pujol.

Los elementos que configuran el cambio en el sistema político deben buscarse en dos variables importantes. La crisis económica de 2008, que hunde la sociedad en cotas de desigualdad no recordadas, y la victoria electoral de Artur Mas en 2010 tras los siete años de gobiernos tripartitos y el choque de trenes que supuso el Estatuto de 2006.

Los dos primeros años del Gobierno Mas van a convertirse en el laboratorio de las políticas de recortes y austeridad que, posteriormente, se aplicarán en España. La tensión social en Cataluña durante este bienio se va a dirigir hacia el gobierno conservador nacionalista. El Ejecutivo «de los mejores», así denominado por Mas, se convirtió poco a poco en el gran recortador social.

La manifestación ‘monstruo’ del 11 de setiembre de 2012 va a cambiar la percepción de la política en Cataluña. Artur Mas intenta canalizar el movimiento de malestar democrático en su propio beneficio. Disuelve el Parlament para capitalizar electoralmente el movimiento soberanista y rompe amarras con el Gobierno del PP.

Los resultados son una derrota moral para Mas, pasa de 50 a 62 diputados, y cambia su espacio de alianzas hacia Esquerra Republicana. Mas no era consciente pero este movimiento de abandonar el espacio moderado del nacionalismo para convertirse en el espacio independentista tendrá como efecto destruir el sistema político y de partidos hasta entonces implementado desde 1980.

Los efectos colaterales son visibles. Los dos pilares que habían sustentado el sistema catalán sufren en sus carnes la implosión. El bipartidismo a la catalana dónde el nacionalismo conservador gobernaba la Generalitat, mientras los socialistas gobernaban las ciudades metropolitanas y formaban parte del Gobierno español. Las consecuencias del tsunami son que la coalición de CiU ya no existe y el PSC ha dejado de ser referente principal en la izquierda. Las piezas se han reconfigurado.

La revolución de las sonrisas, como fue bautizado el movimiento soberanista, ha bebido en las fuentes que han alimentado otros movimientos. Cataluña en cinco años ha sido, sin ningún lugar a dudas, el laboratorio del populismo postverdadero. Trump, Pablo Iglesias y el ‘procés’ tienen mucho más en común de lo que parece.

En estos cinco años la sociedad catalana ha cambiado pero a peor. La política de bloques ha fracturado la sociedad en los ámbitos familiares, sociales y de amistades, tensión inimaginable tan solo siete años antes. El nacionalismo identitario ha tenido unos efectos perniciosos que tendrán un coste de recuperación en el futuro.

¿Las elecciones del próximo 21 de diciembre pueden cambiar algo en la situación? De entrada, rompen el bloqueo actual. En segundo lugar, los dos partidos en coalición competirán por separado, ERC y PDeCAT. La coalición Junts pel Sí tenía 62 diputados de un total de 135. En tercer lugar, la CUP puede presentarse o no. Si no lo hace, liberará 10 diputados. En cuarto lugar, la votación de la República ha evidenciado las fuertes tensiones en el seno de Podemos y de Catalunya En Comú. Veremos cómo se recompone su espacio electoral. PSC, Ciudadanos y Partido Popular, bien gracias.

Josemari Alemán Amundarain

Los resultados de las anteriores elecciones arrojan unos resultados relativamente cercanos. El bloque independentista representa el 47,8% y obtiene 72 diputados, mientras el bloque no independentista es el 52,2% y 63 diputados. Si quitamos a la CUP de la ecuación 62 a 63 diputados.

Un efecto colateral del ‘procés’ ha sido que, por primera vez en democracia, los ‘otros’ se han manifestado con las dos banderas española y catalana. Y, además, la bandera española ha dejado de ser franquista en Cataluña para ser la bandera constitucional. Cosas veredes Don Sancho. Este hecho es importante porque rompe la espiral del silencio en el espacio de la opinión pública y puede tener sus efectos electorales en los próximos comicios.

Quien piense que esto, sea lo que sea esto, se acaba el 21 de diciembre está equivocado. Siguiendo el símil futbolístico, esto no es una final, es un campeonato. Partido a partido. Y la verdad, nos gustaría aburrirnos como los suizos y no vivir peligrosamente día sí, día también.

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