Vidas en espera

Vidas en espera

DENIS ITXASOPRIMER TENIENTE DE DIPUTADO GENERAL DE GIPUZKOA (PSE-EE)

La vida nos coloca a menudo en la misma postura incómoda que una cita tardona. Estas ahí, mirando el tablero sobre el que se ha deslizado concienzudamente la ficha y nadie mueve al otro lado. El mundo se para. El teléfono no suena. El buzón engorda con propaganda. La sospecha de un plantón de vida comienza a estrujar tu estómago. Esperar no es una actividad; es un coma, un agujero negro en la existencia.

(Teresa Calo)

El testimonio de Fatima Alandullh, relatando su drama personal desde que abandonó Alepo en octubre de 2016, nos rompió el corazón. Estamos en las inmediaciones del campo de refugiados Burj Ash Shamali de Tiro, en el sur del Líbano. Fatima mece entre sus brazos a Ruba, su hija de apenas tres meses de vida, mientras nos cuenta cómo una bomba mató a su cuñado y amputó el brazo de su hermano, y estando embarazada de tres meses trató de encontrar refugio cruzando la frontera sirio-libanesa. Pero en este campo ya no cabe un alfiler. «Abandonamos nuestras casas, nuestra tierra, porque elegimos vivir. Pero no hemos encontrado una vida», nos dice sin poder contener el llanto. Ella y sus compañeras, madres muchas de ellas de la escuela infantil que patrocina la Diputación de Gipuzkoa junto a las ONGs Solidaridad Internacional y PARD en el exterior del asentamiento, denuncian estar olvidadas por ACNUR, no tener recursos para poder hacer frente al alquiler de sus casas, y sufrir por sus pequeños cuando estos son rechazados por otros niños libaneses. Y muestran sin disimulo el desconcierto vital que representa haber sido arrebatadas de una vida no de opulencia, pero sí de estabilidad y confianza en el futuro.

Dunia Moussa tiene 73 años y lleva refugiada en este campo -apenas un kilómetro cuadrado donde viven unas 25.000 personas- desde el éxodo palestino de 1948 cuando se constituyó el Estado de Israel. «Vine con seis años, en este lugar me he hecho vieja, viuda, con tres hijas mayores y solteras». Acumula problemas respiratorios, hipertensión y muestra sus varices levantando su largo vestido, en un gesto de denuncia que enfatiza clamando al cielo. Presume de haber reformado recientemente su hogar gracias a las gestiones de la Media Luna Roja y de que su tejado de uralita haya sido sustituido con aportaciones de los Emiratos Árabes. Cerca de allí, Bisan Abo Taha, siria de origen palestino, nos invita a sentarnos en la extensa alfombra que ha dispuesto a la entrada de su humilde domicilio. Denuncia que ella y su marido han quedado excluidos de las ayudas que presta el programa UNRWA de las Naciones Unidas. Habla bajo la atenta mirada de los comisarios de la Organización para la Liberación de Palestina, que nos acompañan en todo momento y tutelan las respuestas de las mujeres para asegurarse que siguen el guión establecido. En el fondo subyace un recelo político por el hecho de que la crisis siria y su repercusión internacional puedan desplazar el foco de atención de la causa palestina, que duerme el sueño de los justos desde hace siete décadas. Se palpa una mar de fondo que confirmamos al reunirnos con el máximo responsable de la OLP en el Líbano, un país cuyos frágiles equilibrios políticos y religiosos penden de un hilván que la precariedad económica amenaza con descoser.

Todas estas vidas en espera, interrumpidas, provisionales, nos han ayudado a poner piel, cara y ojos al drama humanitario que protagonizan las familias sirias y palestinas que buscan un refugio donde poder vivir una vida. El debate europeo de té y pastas sobre los corredores humanitarios o el reparto de las cuotas entre estados comunitarios, basados en grandes y fríos números en clave de discusión geopolítica, obvian la dimensión humana que, sin embargo, emerge en el mismo instante en que se conversa con sus protagonistas anónimos. Se trataba de escuchar estos testimonios directos y de observar los múltiples sometimientos -el machismo cultural- que sufren estas familias, especialmente las mujeres y los niños.

Durante la visita de la delegación institucional guipuzcoana al Líbano hemos tratado de mantener la entereza y de ofrecer respuestas mínimamente esperanzadoras y alejadas de cualquier tentación demagógica. Al tiempo, nos llegan los ecos de las declaraciones del ministro español del Interior en el Congreso de los Diputados. Juan Ignacio Zoido, que buscan instalar la idea del refugiado como enemigo de la prosperidad europea al afirmar que «no es nuestra responsabilidad lo que suceda con los refugiados», y acusar a las ONG de alimentar su tránsito y de paso el negocio de las mafias organizadas que trafican con la esperanza de las personas. Entretanto, grupos de extrema derecha fletan un barco que ya surca el Mediterráneo con el objeto de detener las embarcaciones que los refugiados emplean para tratar de alcanza nuestras costas. Demencial, pensamos.

Es obvio que no tenemos la solución a la abrumadora montaña de problemas que se acumula en este polvorín del Oriente Próximo, y así se lo hemos confesado a todo aquel con quien hemos tenido oportunidad de conversar no sin un nudo en la garganta, «pero haremos lo que esté en nuestra mano para contribuir a que vosotras y vuestros hijos tengan una vida más digna». Porque en la cápsula occidental en la que transcurren nuestras vidas apenas somos conscientes de los infiernos humanitarios que rebajan, en diferentes latitudes, la dignidad humana hasta límites insoportables. La realidad de los refugiados sirios y palestinos en el Líbano, más allá de las grandes cifras que baraja la burocracia internacional, es demoledora, devastadora y corrosiva. Y si Gipuzkoa se tiene por una sociedad solidaria que ha padecido pesares similares en tiempos recientes, es un imperativo moral no mirar para otro lado.

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