Víctimas de la cosa catalana

El nacionalismo es el refugio fácil ante los problemas y la incomprensión que genera un mundo globalizado al servicio de unas élites injustas. Pero no resuelve nada e intensifica el mal

ANTONIO RIVERAHISTORIADOR

No quería escribir sobre Cataluña. Me resulta aburrido y fastidioso. Es difícil aportar algo y es imposible afectar al criterio de los posicionados. La convicción nacional llevada a su extremo es trascendente y, por eso, de naturaleza religiosa. La razón humana es impotente ante ella. Tampoco quería escribir porque el asunto es inútil. Si los secesionistas no alcanzan su meta contagiarán a todos su melancolía y victimismo; pero si la consiguen no servirá para nada importante. Es sabido que en el mundo actual no se es independiente en nada. La hipótesis de un Messi jugando la Liga española después de la separación -a falta de mejor opción- es la fotografía precisa de la inutilidad del esfuerzo independentista. La aspiración a mantener una doble ciudadanía catalana y española que les sirva de acceso a la condición europea es otra expresión de lo baldío de este viaje a la nada.

Pero estos días me llegan lamentos de los catalanes atrapados en ese sindiós. Colegas universitarios, bregados, estos sí, en la lucha antifranquista, gentes cultas, catalanistas de pro hasta que han visto qué encierra esa acepción, se imaginan resignados marchando a la Alta Cerdeña francesa para poder seguir viviendo en un país decente, no lejos de un modus vivendi del que de momento no amenazan con privarles. Ese es el problema de verdad: la gente de carne y hueso que no se merece eso. Lo único y los únicos que nos obligan a no decir lo que nos pide el cuerpo: «¿Qué os queréis ir? ¡Estáis tardando!». Lo mismo que nos pasaba a nosotros, cuando el terrorismo invitaba al resto de españoles a mandarnos al carajo. Entonces tuvimos la comprensión de quienes entendían que no todos los vascos éramos iguales. Eso también nos animó a no tirar la toalla y no huir todos a un exilio físico cercano o resignarnos a ese otro interior del silencio, el apartamiento o la desaparición del escenario público.

El historiador Eric Hobsbawm profetizó la desaparición de los nacionalismos en un mundo desarrollado. Antes de morir tuvo tiempo de constatar su error ante tanta 'primavera de las naciones' que siguió a la caída del Muro en 1989. Con todo, aseguró que el nacionalismo no es capaz de resolver nuestros problemas de presente; en todo caso, concluyó, los complica. Ahí sí acertó. El nacionalismo es el refugio fácil ante los problemas y la incomprensión que genera un mundo globalizado al servicio de unas élites voraces e injustas. Pero no resuelve nada e intensifica el mal. El calor de la tribu consuela, pero no repara.

El nacionalismo no es un proyecto de organización social: puede ser de derechas o de izquierdas, ecologista o depredador, agresivo o solidario. El nacionalismo se limita a determinar quiénes son los ciudadanos nacionales, los miembros de pleno derecho de la nación, y sobre qué valores se soporta esta, cuáles son las pertenencias identitarias que nos hacen ser considerados como tales. Cuanto más precisa sea esa identificación, menos caben en la misma. Por eso el nacionalismo es sobre todo una reacción de clase camuflada. Unos determinados grupos pretenden alterar el statu quo original y mejorar así su situación. Como del asunto resulta una suma cero, otros tantos o más perderán en el viaje, cosa que constatarán en cuanto se desvanezcan los aromas estupefacientes que genera toda multitud. Esos mismos grupos que alteran la situación elegirán los valores que les son útiles para reorganizar la sociedad a su gusto y conveniencia. Puede ser el conocimiento y uso de un idioma, la pertenencia a una creencia religiosa o política, una procedencia geográfica o una convicción expresada. Los nacionalismos abominan de los valores universales porque no identifican y distinguen a los miembros de su comunidad. Los que pierden son los más débiles o los que no dan importancia a cosas como la ciudadanía, la democracia o el respeto a la norma libremente aceptada. Por eso los 'cinturones rojos' obreros son menos entusiastas del llamado 'procés' que los sectores identificados con la imagen de una Cataluña eterna: sus valores no van a valer tanto como los de estos segundos. De manera que el asunto no es solo intercomunitario (Cataluña-España), sino intracomunitario. Algunos lo ven y entienden que su vida puede empeorar; otros piensan que no va con ellos, que no tienen ni que ganar ni que perder. Si no te relacionas con la administración más que para pagar impuestos y no tienes hijos en edad escolar, estos asuntos te resultan ajenos. Y no es así. Todos tenemos algo que ganar o que perder, todos debemos interpretar si estamos ante un sueño o ante una pesadilla.

Estas líneas van en apoyo de muchos amigos catalanes. Pero sirven también de reflexión a los ciudadanos vascos. La unanimidad y la hiperactividad en torno a unas banderas han vuelto a despertar a nuestros secesionistas locales. Unos proponen similares kalejiras multitudinarias y coloristas, y los otros, más sutiles, anuncian la revisión del estado de cosas jurídico, dentro de la ley. Pero todos deberíamos reflexionar sobre si la gimnasia de las calles catalanas y el resultado final de ese esfuerzo, gane o pierda en su empeño, merecen la pena. Hay que pensar si esta tregua que vivimos a todos los efectos, esta bendita rutina, no resultan más estimulantes que el ir y venir que vemos por televisión. Será que a uno le ha faltado siempre fe, pero cuánto aprecio esta normalidad que me deja ser yo mismo sin tener que pedir permiso a nadie. Esa tranquilidad que han perdido mis colegas catalanes.

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