Entre el vértigo y el caos

La convocatoria de elecciones con tanta premura puede desconcertar a quienes se querían creer la declaración de independencia

ALBERTO LÓPEZ BASAGURENCatedrático de Cerecho Constitucioinal de la UPV-EHU

La referencia a los procesos secesionistas en Quebec y en Escocia se ha convertido en un recurso habitual al tratar de la crisis catalana. El independentismo ha creído encontrar en ellos razones que confirmarían sus pretensiones. No es difícil lograrlo cuando las convicciones son creencias: cualquier cosa sirve para reafirmarlas. Hay, cuando menos, dos lecciones que tendríamos que aprender de aquellas experiencias para que entendamos la situación en que estamos, cómo hemos llegado hasta aquí y lo que nos esperará, muy probablemente, en el futuro.

Primera lección: el carácter indestructible de la convicción secesionista. No hay argumento ni hecho real que pueda debilitar la convicción de que el futuro idealizado que promete el secesionismo se hará realidad. Cualquier argumentación que ponga en entredicho su fundamento, su carácter engañoso, el hecho de estar convenciendo al electorado con promesas irreales, será inmediatamente descalificado por alarmista, acusado de querer debilitar el respaldo al independentismo. Es lo que ocurrió en el referéndum de Quebec, en 1995, y en el de Escocia, en 2014; y llegó al paroxismo en el 'Brexit', en 2016. Solo hay una forma de llegar al electorado imbuido de tales convicciones e influir sobre él: dar tiempo al debate, para que la realidad política y económica puedan empezar a mostrar signos reales de por dónde pueden ir las cosas. En los referéndums de Quebec y de Escocia, antes del momento de la votación, el sistema político y el mundo económico empezaron a dar algunas señales suficientemente claras; y fue determinante. En el 'Brexit' no fue así, en gran parte por responsabilidad del Gobierno de David Cameron: el debate fue tan precipitado, tan improvisado, tan corto que los signos de lo que podía significar realmente la salida de la UE solo han empezado a manifestarse después de realizado el referéndum. Es lo mismo que ha ocurrido en el caso catalán, por responsabilidad, fundamentalmente, del Gobierno y de su partido y de la estrategia de 'pasividad legalista'. Los efectos que provocaría la secesión solo han empezado a manifestarse después del 1-O, cuando ya todo se ha desatado.

Segunda lección: el caos se enseñorea de los sectores políticos confrontados sobre la estrategia a seguir. Es lo que se puede aprender de la experiencia quebequesa, corroborada por el todavía inconcluso proceso del 'Brexit'. Ante el reto de qué hacer a partir de la declaración de independencia, la confrontación sobre la estrategia a seguir sembrará, antes o después, el caos político entre los independentistas. Se ha visto estos últimos días. Las medidas del Estado, con la aplicación del artículo 155 de la Constitución y las más que previsibles acciones penales ante los tribunales, servirán de pegamento momentáneo entre quienes se han lanzado a la aventura. Pero no durará. La burguesía catalana ha demostrado ya en otros momentos que su fervor nacionalista flaquea ante la inseguridad en su vida cotidiana y en su bienestar. Del caos político, sin embargo, tampoco se librará el sector constitucionalista, que vivirá una confrontación de parecida naturaleza, especialmente a medida que sea evidente la dureza -y la dificultad- de la aplicación de aquellas medidas. Lo sucedido el 1-O es una seria advertencia.

La prestigiosa periodista quebequesa Chantal Hébert en su 'The Morning After', el día siguiente o 'el día que casi fue' tras el referéndum de 1995, lo ha mostrado con especial agudeza. Al indagar qué tenían en la cabeza los protagonistas de uno y otro campo político, tanto en Quebec como en el ámbito federal, ante el reto de enfrentarse -como pronosticaban los sondeos- a una victoria del soberanismo por una ligera mayoría, llegaba a una conclusión desmoralizadora: el caos, en unos y en otros, sobre qué hacer y cómo hacerlo. Ocurrió al revés: el soberanismo perdió por muy poco. Pero quienes, voluntaria o forzadamente, son protagonistas de este proceso deberían aprender la lección. El 'Brexit' ha confirmado plenamente esta hipótesis. La evolución de las posiciones dentro del SNP (Partido Nacional Escocés) sobre la posibilidad de un nuevo referéndum, a pesar de la irrepetible oportunidad abierta por el 'Brexit', parecen ir en la misma dirección.

La declaración de independencia y sus consecuencias provocan auténtico vértigo. A unos y a otros. Están en juego muchas cosas; sin duda, la supervivencia de un sistema democrático saludable, incluida la autonomía territorial. Está en juego la estabilidad económica. Y está en juego la imagen -y la credibilidad- exterior de España, hasta ahora -inexplicablemente- descuidada por el Gobierno.

Se están haciendo interpretaciones excesivas, en mi opinión, sobre lo que permite el art. 155, desligadas del fin que expresamente establece. Hay que restablecer la vigencia del sistema constitucional de forma eficaz. Pero hay que evitar que el sistema salga tan maltrecho que dificulte la reforma que lo revitalice. La convocatoria de elecciones, con tanta premura, puede desconcertar, inicialmente, a quienes se querían creer la declaración de independencia. Pero se asienta en una -doble- ilusión: que altere la mayoría parlamentaria o que los líderes independentistas hayan aprendido la lección. ¿Solo nos quedan ilusiones a las que aferrarnos?

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