Mucho vértigo

Entre líneas

La suspensión de facto del autogobierno de Cataluña no va a servir para que el Estado español gane la batalla ideológica al independentismo

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

La conmoción es absoluta. El Gobierno central ha propuesto al Senado un artículo 155 que supone la suspensión de facto del autogobierno de Cataluña, si se ejecuta como se ha anunciado. La propuesta, que Rajoy justifica para regresar a la legalidad constitucional, pretende forzar a Puigdemont a convocar las elecciones. Pero este juego al límite esconde riesgos muy altos para los próximos años y marca un punto de inflexión desde el inicio de la Transición. No se trata de una intervención puntual sino de una operación de largo alcance. Un territorio desconocido e inquietante que produce mucho vértigo.

Hay que incidir que el 155 es la consecuencia, no la causa. El antes y el después no lo establece este artículo de la Constitución, sino que lo provoca la apuesta de ruptura del Govern catalán, que se dispone a consumar la quiebra definitiva con el marco jurídico al proponer al Parlament una declaración unilateral de independencia y que es el que ha llevado la situación al abismo. La aplicación del 155 va a ser muy problemática y compleja, incluso para lograr su objetivo de regreso a la legalidad y simbolizar los resortes constitucionales del Estado. La reedición de la Generalitat suspendida del president Companys en 1934 no va a servir para ganar la contienda ideológica al independentismo en la opinión pública catalana sino, previsiblemente, para todo lo contrario.

En el horizonte más próximo, la colisión de dos ‘poderes’, el Estado y una Generalitat declarada en rebeldía. Un escenario perverso que presagia una semana de elevadísimo voltaje, con el independentismo movilizado en la calle y todo un imaginario de resistencia. Si nadie lo remedia en el último minuto, un desastre sin paliativos.

La cuestión secesionista ha entrado en un callejón semántico sin salida y empieza a asustar. Europa ha cerrado filas con España y lo ha dejado claro: no habrá mediación y el diálogo tiene que darse en el marco de la Constitución. Y la nueva república catalana no va a ser reconocida internacionalmente, lo que plantea a los independentistas un problema mayúsculo de viabilidad que se añade al goteo de empresas que cambian su domicilio social. En todo caso, la crisis ha dejado de ser ya «un asunto interno» de España. Es un problema europeo. No es solo un conflicto político. Es también un conflicto económico.

Puigdemont puede ignorar estas señales y seguir con su estrategia de hechos consumados. Jugaba con ventaja. Y es que el Estado español -al menos hasta hace poco- iba perdiendo, por incomparecencia en el partido, la batalla del relato frente al secesionismo. El viento es ahora muy variable. El president podrá también envolverse en la bandera de la ‘dignitat’, la épica y el orgullo herido, que prenden siempre con facilidad. Ver la Generalitat dirigida desde Madrid provoca emociones muy fuertes, también en Euskadi. Pero, en algún momento, después del frenesí del momento, vendrá la resaca en forma de frustración cuando el recurso al victimismo se esté agotando y la sociedad catalana perciba que la aventura de la independencia tiene costes muy serios. El soberanismo pagará entonces una colosal factura. Mientras tanto, los independentistas ultiman una declaración de independencia que carece de una suficiente masa crítica de legitimación social con los resultados del 1-O.

Hay muchos reproches que formular al Gobierno del PP por su falta de reflejos en los últimos años a la hora de impedir que el conflicto catalán haya llegado a este punto. Pero el secesionismo tiene ahora una parte esencial de la responsabilidad al encender unilateralmente una mecha de desbordamiento sin medir la capacidad de reacción del Estado. La inmolación del autogobierno catalán lleva al espíritu de pacto de 1978 a saltar por los aires, destapando la caja de Pandora, dando pie a populismos de diverso pelaje que juegan una partida de mus queriéndose asegurar una línea en el diccionario de la historia. Y eso da miedo.

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