Ventana de oportunidad ante el otoño demográfico

La falta de un apoyo decidido a la familia desde las administraciones públicas vascas es notoria. Sería fantástico ver en el futuro una viceconsejería de familia

Ventana de oportunidad ante el otoño demográfico
Josemari Alemán Amundarain
ÍÑIGO CALVO y FÉLIX ARRIETAProfesor de la Universidad de Deusto (Deusto Business School y trabajo social)

El envejecimiento demográfico es ya una tendencia global, Europa es su punta de lanza y Euskadi una de las regiones más envejecidas a nivel mundial. Estas afirmaciones, que pueden generar cierta alarma, se deben tomar con altura de miras y calma suficiente para prepararnos para ese lento pero inexorable cambio social y económico. El envejecimiento se produce cuando, simultáneamente, declina la tasa de fertilidad y aumenta la esperanza de vida. Las familias han pasado a ser más reducidas, entre otras cuestiones, por la incorporación de la mujer al mundo laboral y la generalización de métodos anticonceptivos. Las personas viven más tiempo y mejor gracias a los avances médicos y sociales. El envejecimiento es un logro extraordinario provocado por el avance de la democracia, el estado del bienestar y la economía de mercado.

La ONU estima que, a nivel global, en el año 2050 habrá más personas mayores de 60 años que personas entre los 10 y 24 años (2.100 millones frente a 2.000 millones). Para 2030, España será el séptimo país más envejecido del mundo con una de cada tres personas por encima de 60 años. En Euskadi, el envejecimiento será incluso ligeramente superior, por lo que parece conveniente empezar a prepararnos para poder gestionar de forma correcta y sin sobresaltos el inminente otoño demográfico vasco. Según las estadísticas, contamos con una década antes de que la generación del baby boom se retire de forma masiva. Una década que constituye nuestra ventana de oportunidad para idear y empezar a gestionar cambios inteligentes y profundos para hacer del envejecimiento una agradable experiencia social y macroeconómica. Primero hay que comprender sus principales efectos.

Hay consenso al afirmar que las principales consecuencias de este fenómeno son su impacto en el sistema de pensiones, la influencia en la atención sociosanitaria, el cambio de consumo sectorial y la posible incidencia en la actividad económica. Las buenas noticias son que, con la suficiente antelación, podemos prepararnos para mitigar e incluso revertir estos efectos. La necesaria confluencia entre los ámbitos social y sanitario, y el nacimiento de un verdadero sistema sociosanitario con un único objeto y continuo de atención, así como con la financiación asegurada, sería una medida clave para asegurar la atención a las personas en situación de fragilidad. La ‘Estrategia de Crónicos’ que puso en marcha Osakidetza en 2009, y que actualmente sigue impulsando, puede ser un buen primer paso, aunque no un horizonte de llegada. Otra de las reflexiones es que el fin último del sistema de pensiones no es jubilarse a los 65 años de edad, sino que siga existiendo un sistema digno de pensiones. Cuando Bismarck ideó, a finales del siglo XIX el antecedente de lo que después serían los sistemas de pensiones y Seguridad Social, la edad de jubilación se estableció en los 70 años. La esperanza de vida era de apenas 40. Hoy en día es de 82. El debate en torno a la edad de jubilación está servido y de rigurosa actualidad.

Respecto a los efectos del envejecimiento en el campo económico, Euskadi puede ser un banco de pruebas inmejorable para desarrollar nuevos servicios que demandarán las personas de mayor edad. La voluntad de las personas mayores, también aquellas en situación de fragilidad o dependencia por seguir envejeciendo en su domicilio, tiene que favorecer la generación de un ámbito que, junto con la fuerza de la comunidad, sea capaz de dar respuesta a estas demandas con dignidad tanto para las propias personas mayores como para las trabajadoras. Una población activa menguante puede ser favorable para reducir la tasa de paro, aunque no será la poción mágica que la elimine. Una disminución de las personas activas se puede compensar con la incorporación de una mayor robotización en la economía, lo que impulsa la productividad.

Por último, además de ir adaptando nuestra estructura socioeconómica al inminente envejecimiento demográfico, sería muy positivo contar en Euskadi con un verdadero impulso de soporte a la familia para revitalizar nuestra menguante tasa de natalidad en el medio plazo. Según el Observatorio Vasco de la Juventud, a un 40% de las personas jóvenes vascas les gustaría poder formar una familia, pero no les es posible por falta de recursos económicos. Y las personas que se animan a formar una familia de dos o más hijos son, directamente, héroes anónimos. La falta de un apoyo decidido a la familia desde las administraciones públicas vascas es notoria. Sería fantástico ver en un futuro próximo una viceconsejería de familia, o un pronunciamiento de algún partido comprometiéndose con un asunto que -sorprendentemente- parece que no despierta gran interés.

Durante la próxima década se abre una ventana de oportunidad para prepararnos de cara a la ola demográfica que llegará a Euskadi. Una correcta revisión y mejora de nuestra estructura socioeconómica, que seguramente implique tomar decisiones difíciles en el corto plazo, puede conseguir que el proceso de envejecimiento se convierta en un plácido otoño demográfico. Si nos cruzamos de brazos la ola será invernal, y el otoño mutará en un desagradable invierno demográfico. Algo poco recomendable dado que Euskadi se transformaría, tal y como advirtió Alfred Sauvy, en una sociedad de gente mayor, viviendo en casas viejas, rumiando antiguas ideas. La capacidad de evitarlo, aprovechar la ventana de oportunidad y dar la bienvenida al otoño demográfico vasco está en nuestras manos. Tan solo hay que arremangarse y pensar a medio y largo plazo, dos condiciones cuyo mayor adversario es la miopía estratégica y autocomplaciente que en ocasiones nos invade como sociedad.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos