El último hilo

La presión empresarial se antoja como una vía más eficaz que el artículo 155 para desactivar una inminente declaración de independencia

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

Este fin de semana es un hervidero de movimientos en busca de una vía desesperada de diálogo entre las instituciones de Cataluña y el Gobierno español que evite la consumación de la ruptura y sus desastrosas consecuencias. Las fugas empresariales han tocado un nervio sensible y se han convertido en un golpe serio para las expectativas del secesionismo; dibujan la inviabilidad económica que provocaría una Declaración Unilateral de Independencia (DUI) y dejan al descubierto las hipotecas que tiene el respaldo de la CUP. La sociedad está asustada y esta alarma contribuye a explicar las ofertas de mediación y, también, la ‘marea blanca’ de ayer en favor del diálogo y las movilizaciones en favor de la Constitución. La presión empieza a hacer mella en el PDeCAT y se detecta un cierto repliegue táctico entre sus principales responsables, temerosos del salto al vacío, a pesar de que tanto Puigdemont como Mas siguen enrocados.

La mediación se ha convertido en el fetiche, en la esperanza de muchos y en el cálculo de unos cuantos. Tengamos claro que el Gobierno español no va a aceptar nunca una mediación internacional que visualice una equiparación entre dos países. Otra cuestión es que haya personas que faciliten la distensión y trabajen para que una moratoria en la aplicación irreversible de la DUI y la no activación del artículo 155 de la Constitución posibiliten un deshielo y un necesario cambio de dinámica. Es difícil pero no es imposible.

En principio, Puigdemont aprovechará su comparecencia parlamentaria del martes para anunciar que «implementará» los resultados del referéndum para avanzar en la fundación de «una república catalana». Veremos qué alcance tiene esta declaración, que puede provocar tensiones con la CUP,, pero que debería desembocar en un abandono tangible de la vía de la ruptura. Si no se produce esa reorientación, el choque de trenes está garantizado. Otra cosa es que el relato sobre el principio de legalidad sea percibido como insuficiente a ojos de una parte de los catalanes, sobre todo después de la grieta emocional que ha supuesto la intervención policial el 1-0. Además, si se aplica el artículo 155, su concreción puede ser peliaguda: el autogobierno de Cataluña se resentirá para años y los más radicales se verán reforzados, con el correspondiente imaginario propagandístico. Un retroceso colosal. En este cuadro tan deprimente, el traslado de sede social del Banco Sabadell, CaixaBank, Gas Natural y otras empresas de relieve constituye un golpe bastante más eficaz que toda la infantería de advertencias sobre el artìculo 155.

Tarde o temprano, se encontrará una solución acordada y respetuosa con la legalidad que será refrendada por los catalanes en una consulta, se lleve a cabo o no con carácter previo una reforma constitucional. El asunto es cuánto tiempo tendrá que pasar hasta que se llegue a un referéndum legal en el que sea posible que se ofrezca a la ciudadanía de Cataluña la opción de elegir entre un nuevo pacto con España, la ruptura o el mantenimiento del actual estatu quo autonómico. Cuanto más se demore esta salida, las heridas para cicatrizar serán más profundas. Y las preguntas, más incómodas: ¿qué sentido tiene una nueva república tras una consulta sin garantías en la que solo ha participado el 43% del censo y carece de reconocimiento internacional?.

Puede que haya dirigentes secesionistas conscientes de la frustración que generará todo esto y que quieran frenar un coche que se desliza cuesta abajo. Es de temer que quien está al volante viva al margen del principio de realidad y que la velocidad del vehículo es ya tal que cualquier intento de parar puede desembocar en un accidente. Puigdemont está atrapado en la red que ha alentado. Ahora, envuelto en la bandera de la dignidad y la épica, necesita ganar tiempo porque va directo a la inmolación y muchos nacionalistas empiezan a darse cuenta de que ha jugado con fuego y, lo que es peor, con los sentimientos de buena parte de sus conciudadanos.

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