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Aprovechando que el ‘Goya’ pasa por nuestras verdes praderas, quiero compartir con el lector una reflexión que esconde una pataleta

óscar terol
ÓSCAR TEROL

Aprovechando que el ‘Goya’ pasa por nuestras verdes praderas, quiero compartir con el lector una reflexión que esconde una pataleta. Ustedes me dirán si justa o innecesaria. Observo con atención a nuestras autoridades mayores y menores celebrando el éxito laureado de ‘Handia’; recepciones, saltos, alabanzas y expresiones de orgullo patrio. Todas ellas merecidas, me sumo a la fiesta. Paralelamente estamos grabando en Donosti los exteriores de ‘Alli abajo’, una de las comedias televisivas más exitosas de la ficción española, que cuenta en su reparto con más de 15 actores euskaldunes. Creada por dos vascos y un madrileño, amante de nuestro país. Yo soy uno de los vascos.

Pienso también en mis amigos Diego San José y Borja Cobeaga, creadores de ‘Ocho apellidos vascos’, la película más taquillera de la historia del cine español, y en un sinfín de artesanos del audiovisual que disfrutamos de vivir de nuestro trabajo y ser reconocidos y, por qué no decirlo, admirados en nuestra profesión. Como yo ya no tengo abuelas que me acaricien los oídos, me erijo en mi ‘abuela’. Pocos como yo han sido testigos en los últimos 20 años de la historia de nuestro sector audiovisual. Podría hacer una tesis doctoral. He visto nacer equipos de actores y guionistas, he asistido al nacimiento de estrellas, de profesionales llamados a ser números uno, he sentido el orgullo de pertenencia a energías grupales creativas más poderosas que el sistema que las acoge; la magia del arte en estado puro, que cuando es indomable es más interesante. He gozado y gozo de ser un profesional contador de historias que, casi siempre, tienen como telón de fondo una evidente alabanza a nuestra tierra. Todos estos ejemplos y estas carreras no se hubieran podido entender sin la existencia y amparo de ETB, nuestra televisión pública. Durante muchos años la ficción ha sido uno de los pilares de su programación. Hemos aprendido mientras trabajábamos en una televisión lo suficientemente pequeña como para que sintiéramos el control de nuestra aventura, pero también lo suficientemente grande en medios y ‘orgullo bien entendido’ como para poder codearnos con cualquiera. En esta, nuestra tele, cualquiera que llegaba con el talento y las ganas necesarias tenía la oportunidad de demostrarlo; tenía a su servicio a centenares de profesionales con ganas de hacer «televisión de primera división». Mi agradecimiento es eterno e incondicional a esos amigos que me permitieron aprender mientras trabajaba. Todavía hoy me emociono al pasar delante del edificio de Miramón. Perdón otra vez por la falta de modestia, pero conozco perfectamente cómo se genera y se afianza la carrera de un guionista, actor, director o productor.

No bastan escuelas de cine para asegurar «la industria audiovisual». Es imprescindible que la ficción no desaparezca de la parrilla de ETB como está ocurriendo últimamente. Sin el ‘día a día’, sin probarse ante una audiencia que pone y quita, es muy difícil salir adelante en este mundo donde una idea tiene que seducir al que va a invertir su dinero. Todavía vivimos de las rentas de ‘Vaya Semanita’, un fenómeno que conozco desde su origen, por cierto. Estamos a punto de que se pierda una generación de cómicos y guionistas, porque no va ni siquiera a nacer. Luego se quejarán los directivos de la cadena de la desafección que muestra la audiencia con ETB, y esgrimirán mil y una teorías estadísticas. No hay fórmulas mágicas, pero cuando el producto es bueno, la gente lo consume. Entiendo la rentabilidad de enseñar nuestro lado bruto, de aguerridos conquistadores de los confines de mundo y, por supuesto, confiar en nuestra gastronomía, pero no somos solamente estómago y bíceps. También sabemos emocionar e interesar contando historias. La mejor manera de contar la verdad es a través de la ‘mentira’ de la ficción. Han hecho más por este país muchos sketches de ‘Vaya Semanita’ o de ‘Wazemank’ que algunos ‘teleberris’. A veces, parece que nos sentimos más vascos y con derechos cuando nos premian en España. Es una pena que no reconozcamos nuestros propios talentos sin la necesidad del arbitraje externo. Escribo este artículo desde el amor a una profesión y a un país, esperando que los que vienen por detrás puedan disfrutar de lo que yo he disfrutado. Pasen buen día.

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