Turismo y responsabilidad

La supuesta e interesada ‘turismofobia’ neutraliza el debate que subyace en el malestar social de rechazo a la masificación turística

SANTIAGO ERASO

La historia de la civilización y la de los viajeros están relacionadas de forma intrínseca. Las peregrinaciones, las expediciones, los viajes científicos o profesionales fueron, y muchos de ellos siguen siendo, causa de importantes movilizaciones. Casi todos somos viajeros y, de alguna manera, turistas, porque disfrutamos de las excelencias culturales –fiestas, gastronomía, costumbres–, los parajes excepcionales o los monumentos de los lugares que visitamos. Nadie está exento de responsabilidad cuando se proponen medidas en beneficio de un turismo más ecológico que contribuya a paliar los efectos negativos generados por el crecimiento ilimitado de la movilización global, incluidos los causados por la industria turística. El cambio de paradigma en los modelos de movilidad se produce con la Revolución industrial y la consiguiente aparición de una burguesía que, por primera vez, dispondrá de recursos económicos y tiempo libre para viajar de forma ‘caprichosa’. El desarrollo de la máquina de vapor, el transporte ferroviario y la aviación comercial se extienden con gran rapidez por toda Europa y Norteamérica. Es el inicio del turismo para las clases más privilegiadas que, emulando a la aristocracia, se desplazarán a los balnearios, sanatorios y hoteles de montaña o costa.

Tras la Segunda Guerra Mundial aparecen las primeras agencias de viajes y asistimos a un importante auge del turismo popular europeo, extendiéndose esos ‘beneficios de clase’ a otros segmentos sociales. Este boom del turismo que ha ido creciendo hasta la actualidad, de momento, termina con la incorporación de viajeros de países como China o los países del Golfo, cuyo enriquecimiento por el aumento del consumo del petróleo y el desarrollo industrial ha favorecido que una parte privilegiada de su población viaje.

Pero aunque parezca que el turismo se ha ‘naturalizado’ y forma parte de la vida ordinaria de cualquier persona, nada está más lejos de la realidad. La inmensa mayoría sigue sin ‘derecho a vacaciones’. Teniendo en cuenta que en 2014 viajaron 1.133 millones de turistas y la población mundial ha sobrepasado los 7.000 millones, podemos decir que el turismo aún es una prerrogativa de determinadas clases sociales de algunos países desarrollados. Sin embargo, el mundo común que habitamos todos, seamos o no turistas, está siendo afectado por una profunda crisis ecológica derivada de un modelo económico de crecimiento desmedido e incontrolado, uno de cuyos eslabones es toda la cadena de producción de la industria turística.

Según Dean MacCanell, autor de ‘El turista: una nueva teoría de la clase ociosa’, la expansión material e ideológica del capitalismo y de la modernidad se encuentra vinculada con la masificación del ocio y el turismo, y viceversa, ya que los turistas somos una de las puntas de lanza de la economía más depredadora y menos consciente. El turista ‘consume’ espacios, a la vez que los vacía de tradición y sentido. Tal vez genere muchos recursos para unos pocos y empleo para otros –dice este reconocido profesor de la Universidad de California– pero altera sustancialmente las relaciones humanas y sociales de sus habitantes.

Cuando se proponen medidas de contención para paliar esos efectos, no se pretende culpabilizar a los turistas o alimentar una supuesta pero interesada ‘turismofobia’ mediática y política que, en el fondo, oculta y despolitiza el verdadero análisis socioeconómico y neutraliza la crítica que subyace en ese malestar social de rechazo a la masificación turística. Se trata de reclamar a los responsables políticos que rigen nuestras instituciones medidas estructurales contra el cambio climático y el modelo económico que lo produce, que, respetando la libertad de movimientos y el derecho al ocio de las personas, contrarresten los consecuencias nocivas que produce la movilidad global y la descontrolada industria del turismo.

En el ámbito local, se podría planificar un urbanismo más descentralizado y antiespectacular; pensar una ciudad más policéntrica que diversifique y disperse las actividades, incluidas las de ocio y nocturnas; contener el crecimiento inmobiliario y perseguir las transacciones fraudulentas de fondos de inversión y grandes propietarios; frenar la construcción en zonas realmente degradadas como las costas; impedir recalificaciones de terreno orientadas a aumentar suelo urbanizable y fiscalizar el uso indebido y especulador del negocio inmobiliario; abolir la actual Ley de Arrendamientos Urbanos e intervenir en los precios de venta o alquiler de vivienda; consolidar y aumentar los actuales parques públicos construyendo a precios y alquileres razonables; controlar los procesos de gentrificación turística y mantener el carácter residencial de los barrios afectados, activando más sus espacios públicos para frenar su progresiva turistización, privatización y mercantilización –terrazas, veladores, negocios turísticos, etc– y así mejorar la vida comunitaria; apoyar con mejores incentivos –incluso con protección oficial– el comercio de cercanía familiar para la vida cotidiana y las pequeñas empresas que desplieguen actividades profesionales no ligadas necesariamente al turismo; regular las relaciones laborales de los trabajadores de los servicios turísticos de manera que se contribuya a paliar los bajos salarios y la precariedad laboral (aunque aplicable claro está a los demás sectores); promover medidas correctoras de la explotación laboral como la renta básica; iniciar un proceso de reconversión económica que impida esta huida hacia un modelo de crecimiento basado en el monocultivo turístico; impulsar otros desplazamientos locales, desactivando la propaganda del exotismo de la lejanía (más cerca también hay lugares y experiencias excepcionales); romper la estacionalidad y diversificar los flujos temporales; promover el trasporte público y ecológico, abaratando sus costos y estimulando el abandono del privado; incentivar las energías renovables (en este país con tanto cultura del sol es incomprensible e indignante que se castigue su uso; hace unas semanas, sin ir más lejos, Gas Natural ha impugnado el concurso eléctrico que el Ayuntamiento de Madrid intentó promover para premiar a la energía libre de emisiones); activar planes y acciones de educación ambiental y desaceleración del crecimiento, desde la escuela hasta la gestión de las instituciones públicas en general.

En definitiva, invertir en conocimiento e investigación relacionados con los efectos del cambio climático y el modelo económico actual, para asumir la responsabilidad que tenemos con la vida buena y digna de las próximas generaciones.

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