Turismo y desmemoria

No hay como la hemeroteca para poner en valor la coherencia de determinados debates en los que sobran prejuicios

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

El turismo es un sector estratégico para la ciudad de Donostia, que aguanta e incluso crece en esta época de crisis. San Sebastián, además, compite en la Champions del turismo y se mide con destinos como Londres, París, Niza o Nueva York... Tenemos un futuro ilusionante, un plan concreto y las cosas claras». Quien decía esto no era el actual alcalde de San Sebastián, Eneko Goia, o el concejal de Turismo e Impulso Económico, Ernesto Gasco. Tampoco es el diputado foral de Turismo de Gipuzkoa, Denis Itxaso, ni el consejero Alfredo Retortillo. Quien proclamaba con contundencia este mensaje era el alcalde de San Sebastián entre 2011 y 2015, Juan Karlos Izagirre, de Bildu. No hay como la hemeroteca para poner en valor determinados debates. Ahora que las juventudes de Sortu quieren saludar la Semana Grande donostiarra con una manifestación contra el turismo, como en su día la izquierda aber-tzale lo hacía ritualmente contra la bandera española, conviene contextualizar las cosas y no confundir los argumentos. Fue, por ejemplo, en esa legislatura cuando el Ayuntamiento de la capital guipuzcoana puso a la venta un edificio en la calle Mari, en la Parte Vieja, para que fuera en el futuro un hotel. El consistorio presidido por Izagirre se llevaría once millones de euros pese a la polémica que levantó el asunto, con una mayoría de la corporación en contra de la operación. Hay quien tiene una memoria demasiado frágil.

La controversia del verano es el turismo y la discusión puede ser hasta saludable, teniendo en cuenta la afición que tenemos los donostiarras a discutir hasta por el tamaño de las baldosas a lo largo de nuestra historia reciente y la tradición veraniega de la ciudad. Pero encierra, también, algunas trampas y unos cuantos prejuicios heredados de tiempos no tan lejanos. Durante años, el origen de todos los males era el turismo de élite, y el icono de Montecarlo se convertía en un fetiche en la Transición. El gran entusiasta de aquel modelo era el entonces alcalde Ramón Labaien, que promovió contra viento y marea la rehabilitación del hotel María Cristina. Pero ahora lo mezclamos todo. Ya no es la élite, sino la masificación y la saturación y la conversión de la Parte Vieja en un parque temático para los visitantes. Es absurdo negar que el turismo como actividad económica genera sus contradicciones, pero hay que ser coherentes y realistas y tener en cuenta el fenómeno en su conjunto con datos, no con sensaciones, y, también, el peligro que implica alimentar estos discursos de hostilidad contra una marca internacional como la de San Sebastián, que funciona con un atractivo extraordinario después de épocas bien difíciles.

Cuando la izquierda abertzale gobernaba en las instituciones en este territorio, acusaba a los demás de estar contra el 'interés de la ciudad' al ser incapaz de acordar sus presupuestos. Entonces Izagirre se vanagloriaba de las cifras récords de visitantes en verano en San Sebastián que, a su juicio, demostraban que la llegada de EH Bildu a la Alcaldía no había supuesto el Apocalipsis. Hasta parecía que habían descubierto las bondades del 'marco incomparable' y el poder transformador y cosmopolita del surf en la playa de la Zurriola.

Pues bien, los amigos vascos de la CUP, bajo el ropaje atractivo del necesario debate, ahora prefieren olvidarse de aquellas marcas históricas de visitantes e instigar una campaña ideológica contra el turismo. La excusa es la denuncia de su vertiente de 'negocio salvaje', destapando así el tarrón de los tópicos con una fraseología anticapitalista de manual. Las pintadas contra los turistas son la punta del iceberg de este movimiento antisistema, que intenta aprovecharse de los problemas que pueden surgir, aquí y en otras ciudades europeas con situaciones mucho más inquietantes. Es estupendo abrir un debate de fondo sobre las carencias de la política de vivienda de alquiler y sus consecuencias entre los jóvenes donostiarras. Pero hágase con argumentos, no con eslóganes infantiles. Pedir un turismo sostenible es razonable, pero incompatible con campañas de intimidación al turista que suenan más a sociedades cerradas y totalitarias, sin visitantes, que a sociedades abiertas.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos