Más que turismo

El sector se ha convertido ya en uno de los pilares del PIB vasco y llama a procurar una convivencia sostenible con la multitud global que nos visita

El auge del turismo en Euskadi, y particularmente en Gipuzkoa con el fuerte tirón de San Sebastián, ha situado al país ante un fenómeno al se creyó ajeno durante mucho tiempo por la negatividad que inoculaba el terrorismo de ETA y ha abierto el debate sobre el volumen de viajeros que estamos en condiciones de acoger, los que estamos dispuestos a asumir y el impacto que todo ello genera sobre nuestro modo de vida. Un modo de vida que se precia tanto de sí mismo -de su riqueza natural, de la gastronomía, de la oferta cultural, de reconversión arquitectónica...- que no es extraño que muchos otros ciudadanos quieran aproximarse a la realidad de un lugar cuya belleza y bienestar estuvo ocurecido durante décadas por la violencia. Solo por eso cabe congratularse de la llegada de turistas, porque su presencia despreocupada en las calles ilustra el cambio de paisaje que ha asentado la normalidad cotidiana orillando el miedo y el prejuicio. Es evidente, a la par, que el sector se ha convertido en uno de los motores del PIB vasco en un momento singular, en el que Euskadi sale de la crisis con parte de su piel económica cuarteada por efecto del ciclo recesivo y en que el que potencial económico está obligado a diversificarse y explorar nuevas vías. Solo en 2015, el tránsito de viajeros reportó 1.706 millones a Gipuzkoa -957 en la capital donostiarra- y un total de 4.100 en el conjunto del País Vasco. Un peso que convierte al turismo en una pieza ya inexcusable de nuestro crecimiento, que acelera la especialización profesional en el sector, que ha de ir acompañada de una reglamentación ágil que componga y acote un marco legal para las nuevos negocios y experiencias -ahí están los alojamientos privados dedicados a las vacaciones- y que debe procurar un equilibrio sostenible entre el bienestar asentado del que disfruta una sociedad moderna y de progreso y la nueva convivencia con una multitud de paso que genera ingresos, pero también costes y demandas. Es preciso acomodarse a un fenómeno que ha llegado para perdurar y, al tiempo, ir encauzándolo en términos razonables, sin que la discusión pública termine mediatizada por criterios de autenticidad que puedan despreciar las distintas formas de mestizaje social y la apertura de miras hacia los mundos que nos visitan.

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