Trump y las tres preguntas

JOSÉ IBARROLA

MIKEL MANCISIDORPROFESOR DEL WASHINGTON COLLEGE OF LAW EN LA AMERICAN UNIVERSITY, WASHINGTON D.C.

Hace un par de meses me hacía en estas mismas páginas tres preguntas. Primera, si el viejo sistema constitucional norteamericano, basado en controles y equilibrios mutuos entre los tres poderes, soportaría por mucho tiempo, sin romperse, la descontrolada y desequilibrada Presidencia de Trump. Segunda, si este presidente terminaría su mandato o si por el contrario se vería sometido a un procedimiento de destitución. Y, tercera, si veríamos a un país de tradición política tan sobresaliente como los Estados Unidos degenerar en una república bananera de chulerías, trampas y desprecio por las normas y las formas.

Son tres preguntas que están estos calurosos días en Washington siendo debatidas en las instituciones, en los medios y en la calle. Me gustaría tratar de contestarlas aquí y acercarles al tiempo este ambiente capitalino de agitación, desconcierto y expectación.

El sistema constitucional norteamericano está basado en controles y equilibrios (checks and balances). Cada poder controla y limita a los otros dos por medio de diferentes procedimientos, vetos, opciones de destitución y aprobaciones previas. Pero la trama rusa y los negocios de la familia Trump han tensado estos equilibrios, especialmente entre el poder judicial y el ejecutivo, hasta extremos nunca vistos.

Trump no conforme con haber destituido de forma grosera al director del FBI por investigar la trama rusa, ahora amenaza con hacer lo propio con su fiscal general, Jeff Sessions. Para entender lo absurdo de la situación hay que recordar que el 'Attorney General' norteamericano no es lo que aquí entendemos por un fiscal general, sino algo más parecido nuestro ministro de Justicia, nombrado por el presidente y que forma parte de su gobierno. Sessions tuvo que recusarse a sí mismo en todos los asuntos relativos a la trama rusa y ahora Trump le reprocha que esa limitación le impide abortar los avances de los investigadores, especialmente del fiscal especial, que quiere estudiar sus misteriosas finanzas.

La forma de acoso contra su propio ministro es humillante. Un día le acusa de incapaz, otro día muestra públicamente su desconfianza o su decepción, y otro día le llama desleal, débil, aprovechado y otras lindezas. El propio director de comunicación de la Casa Blanca reconoce que el presidente desea la salida del ministro y parece que fuerza su dimisión minando su prestigio y su resistencia, sin pagar el precio político de una destitución ante el público más conservador entre el que Sessions tiene muchos seguidores por sus posiciones duras en materia migratoria.

Y si la investigación sobre la trama rusa o las finanzas presidenciales avanza, ¿podría el presidente pararlas? Podría intentarlo, con un nuevo ministro de Justicia, pero no será fácil porque el fiscal especial tiene poderes autónomos importantes. Así que la pregunta es ya si, llegado el caso, podría el presidente perdonarse a sí mismo. Trump es el único que se ha adelantado a responder que sí.

Desde luego el presidente tiene amplios poderes de perdón, precisamente como uno de los instrumentos de equilibrio con los otros poderes, pero siempre se ha entendido que este poder no incluye la auto-amnistía. Ni el mismo Nixon se aventuró a semejante indignidad.

Mi opinión es que la lógica del perdón presidencial, entendida en clave de 'checks and balances', excluye un derecho a perdonarse a sí mismo porque rompería dichos equilibrios: si el presidente puede cometer el delito y puede perdonarse, el equilibrio con el poder judicial queda roto. El sistema de controles y equilibrios quedaría, 230 años después, tocado y hundido.

La segunda pregunta que Washington se hace es: ¿ha llegado el momento de la destitución ('impeachment')? Cierto es que hay muchos congresistas y senadores republicanos hartos, pero mientras Trump no sea claramente caballo perdedor se cuidarán mucho de bajarse del barco que reparte poder y opciones de reelección y promoción. Sólo cuando se acerquen las elecciones legislativas y si la popularidad de Trump baja y consecuentemente su sombra deja de ser útil, los republicanos entonarán el ¡ya basta! Toca esperar.

La tercera cuestión es más sutil. Si algo no soporta la clase política norteamericana, más que el robo o que el engaño, es la humillación de sentirse en una república bananera. Que los tuits de madrugada de Trump y sus discursos se conviertan en una incontinente versión del 'Aló presidente' venezolano o que la posición institucional de su familia recuerde a una república africana de los años 70, es algo que la clase política, tan aferrada a sus formas clásicas y su prestigio, no digiere fácilmente.

No, yo no creo que el sistema constitucional norteamericano vaya a quebrar, aunque camino lleva. Tampoco creo que se convierta en una república bananera, aunque algunas imágenes lo sugieran. Ni Trump es tan fuerte ni el país tan débil. Pero sí creo que congresistas y senadores, especialmente republicanos, deben hacer algo si quieren evitarlo. Trump no va a controlarse a sí mismo, no va a convertirse en una persona fiable y razonable, de modo que sólo cabe reforzar el viejo sistema de 'checks and balances'. Un veterano decano de mi universidad, que lleva 40 años bien relacionado en los despachos de Washington, me decía ayer que jamás habría pensado llegar a ver lo que estos días está pasando. Me temo que en las próximas semanas va a tener numerosas ocasiones de repetir esta frase.

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