Traspasando los cabezos

ELENA MARTÍNEZ DE MADINAFILÓLOGA

No se asusten con el epígrafe. En toponimia, 'cabezo' es una colina, un cerro, derivado de la voz 'cabeza' (a su vez de lat. capitia) y, según el lingüista Corominas, utilizada por primera vez con dicha acepción hacia 1340. Hoy, Día de la Mujer, quisiera poner el punzón en algunos de los cabezos que nos quedan aún por atravesar y conquistar, y que paradójicamente están, no en la orografía, sino en el interior de nuestras cabezas. Después de la marea del #Metoo, y a tenor del oleaje diario, todo parece volver a la calma, todo normal. Siguen asesinando a mujeres (tal parece que algunos, encima, se envalentonan más después de ver los noticiarios). No existen los abusos porque son ellas las que los provocan. No hay brecha salarial, sino brocheta de langosta para todas, y debe ser por eso que el presidente del Gobierno elude tratar el tema, a pesar de que estamos en la mejor época para comer marisco... No hay techo de cristal ni de cemento. A las mujeres se nos describe estupendamente por doquier, sirva como ejemplo una de las últimas sentencias de un futbolista: «no somos mujeres (ellos, los machosimportantesejemplares futbolistas) como para ir metiendo cizaña». ¡Ole y ole, chaval!

Y es en este último comentario, en la idea afincada en muchísimas seseras, donde más nos va a costar subir los cabezos que quedan por recorrer. Hay que cambiar los dichosos estereotipos sobre las mujeres. ¿Y qué es un estereotipo? Es una idea o imagen aceptada comúnmente por un grupo o sociedad con carácter inmutable, según la RAE. Y es la aceptación de algo inmutable lo que realmente resulta muy costoso de trocar, de mutar. Pero es posible, y en eso estamos.

La lengua es uno de nuestros instrumentos para poder expresar el pensamiento y raciocinio (cuando lo hay). De ahí que se haga hincapié en cambiar ciertos hábitos y usos lingüísticos. Ya saben, el ejemplo más popular es de utilizar femeninos donde antes sólo había masculinos (niños y niñas, todos y todas, etc.) a pesar de que el discurso puede resultar tedioso en muchas ocasiones. Y tal parece que el debate principal se ha centrado en este tema, con opiniones de ilustres académicos en contra, y no en lo que realmente supone cambiar el estereotipo. La utilización de las formas femeninas, por norma, siempre y de carrerilla (ellos y ellas...) es la mayoría de las veces un puro camelo si no viene acompañada de otros recursos lingüísticos.

El cambio vendrá cuando en vez de decir 'voy al médico', se diga 'voy a la médica', o 'la cirujana dice que me tiene que operar'. Cuando las niñas digan 'quiero ser bombera, presidenta, ingeniera, banquera, chef'. Cuando no permitamos que en conversaciones formales, pero sobre todo en las informales, se empleen adjetivos exclusivamente para las mujeres como 'bruja', 'estrecha', 'zorra', 'cizañera', 'putilla', 'marimacho', 'guarrilla', 'tetona', 'culona', 'histérica'... Pónganlos en masculino, a ver qué les sale... Cuando en la enseñanza, en el periodismo, en el arte, en el cine, en la política, en la investigación, en la Universidad, en las academias... las mujeres ocupen los puestos que les corresponden y no estén siempre tuteladas por hombres 'mejores y más listos'. Cuando no sean las 'eternas segundonas' como escribí en otra ocasión.

Porque si la imagen no cambia, si en la foto siempre salen los hombres (¡ay! ¡allí hay una mujer, al fondo!), si en nuestra cabeza no existen las pianistas, directoras, articulistas, investigadoras, políticas, presidentas, bomberas, militares, pilotos, economistas, nobel, novelistas, pintoras, las músicas, las sindicalistas, las revolucionarias... no podremos cambiar la lengua, la que construimos los hablantes (y no el diccionario de la Academia). Así pues, ¡a escalar otros cabezos toca!

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