Transición, exilio y memoria

IÑAKI ADÚRIZDoctor en Filosofía y Letras

Ante conmemoraciones de distinto signo político, como la de este 2017, en relación con los 40 años transcurridos de las primeras elecciones libres y democráticas (15 de junio de 1977) en nuestro país, central acontecimiento, por lo demás, de la denominada ‘Transición política española a la democracia’, siempre cabe incidir en algún que otro tema que puede valer para ampliar la dimensión de este período lleno de expectativas, y no menos turbulento, de la historia de nuestro país.

Casi siempre, ha sido descrito como un tiempo de enorme actividad e ilusión, no exento de riesgos casi infranqueables, iniciado, mayormente, con el fallecimiento del dictador Franco, el 20 de noviembre de 1975, y cuya fecha de finalización suele estar sujeta a distintos pareceres. Sobra decir que, en medio de los efectos de la crisis económica mundial de los setenta, entraban en juego ámbitos de la vida de este país que había que cambiar. Aun así, «los españoles corrieron a practicar sus libertades individuales antes de que el cambio político les diera existencia jurídica. De acuerdo con las pautas culturales europeas, la sociedad civil estrena un estilo de vida ensayado en la clandestinidad de los últimos años franquistas….» (F. García de Cortázar y J. M. González Vesga).

Es en este contexto histórico y social cuando el tema del exilio se ha de recordar, pues poco se le cita –si no es para para hablar exclusivamente de él–, al comentar el período de la Transición, casi siempre entrevisto bajo el prisma de ciertos lugares comunes. El caso es que resulta obligado señalar que también los hombres y mujeres del exilio contribuyeron, con otras fuerzas o movimientos de la clandestinidad o del exilio interior, no solo a encauzar el futuro cambio político, tras años sin libertad, sino a la recuperación e innovación del legado cultural y científico, olvidado en su país de origen, durante cuatro décadas. Del mismo modo, a que las dosis de convivencia, necesarias en aquellos años para paliar tanto desgarro entre dos visiones enfrentadas, se fueran labrando en una población civil que languidecía, en aspectos claves como el diálogo y el caudal de información que llegaba. Con todo, anotar, respecto a esto último, que «la presencia escrita y a menudo física del exilio dejó de ser extravagante en la agonía del régimen» (Jordi Gracia). Además del regreso paulatino de conocidos exiliados (Max Aub, en 1969; Claudio Sánchez-Albornoz y Salvador de Madariaga, en 1976; Santiago Carrillo, en 1977;...) y de muchos otros no tan conocidos, entre 1962 y 1969, «ya se estaba produciendo una colaboración exilio exterior-oposición al régimen, por medio de revistas y publicaciones diversas editadas en París, como Ibérica, Mañana, Boletín de Información y Documentación, Cuadernos de Ruedo Ibérico, Tribuna Socialista….» (J. L. Abellán). En fin, si se subrayaba su papel en la convivencia, no sería de recibo olvidar aquí la no menos fomentada en las diferentes vivencias y tareas surgidas en los países en donde se hubieron de acoger los ‘transterrados’ (José Gaos), en especial, los latinoamericanos, como se ve en algunos de los avances logrados y en los múltiples proyectos de distinto carácter, materializados desde entonces, así como en la creación de foros e instituciones transatlánticos que en la actualidad los refuerzan y enriquecen.

Por todo ello, en el plano de las conmemoraciones relacionadas con la Transición, tampoco estaría mal destacar la que, desde un punto de vista oficial y político, se la tiene como la del fin del exilio, que no es otra que la del 21 de junio de 1977, de hace, también, 40 años, día este en que, habiéndosele dado, de nuevo, la voz al pueblo, seis días antes, como al comienzo se ha indicado, el gobierno de la Segunda República, presidido por el asturiano José Maldonado, se disuelve, tras pasar más de 38 años en el exilio. Ello sirve, además, para que, con la redacción del texto constitucional, al año siguiente, y, felizmente este todavía en vigor, pareciera que se iba conjurar una especie de fatalidad –la antigua expresión del exilio como incertidumbre arraigada en la marcha del país–, que historiadores, filósofos y literatos, entre otros, habían visto como histórico fenómeno estructural. Fatalidad que parece que, tres décadas más tarde, en 2007, se quiere mitigar, ante «quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la dictadura», con la conocida Ley de la Memoria Histórica.Pero, no deja de ser un sueño. La irrupción de ETA, en 1959, veinte años después del fin de la Guerra Civil española, y que actúa con encono en plena Transición –en el simbólico 1978, «los etarras matan a más personas (65) que durante todo el régimen de Franco» (autores del principio)–, hace que, tarde o temprano, el exilio de los amenazados por ella y, en general, la memoria de sus víctimas cobraran, por desgracia, nuevo protagonismo en nuestro devenir histórico. El cese de su actividad armada, en octubre de 2011, y su posible desaparición, con las responsabilidades debidas, podría ser el comienzo de un punto de inflexión que cambiara una trágica y secular trayectoria.

Fotos

Vídeos