La trampa de la autocomplacencia

FÉLIX ARRIETA / IÑIGO CALVOPROFESORES DE LA UNIVERSIDAD DE DEUSTO(TRABAJO SOCIAL Y DEUSTO BUSINESS SCHOOL)

Pedro Arrupe solía decir que le espantaba dar respuestas de ayer a los problemas del mañana. Este pensamiento, claro y certero, encierra la obsesión de una de las figuras vascas más sobresalientes del pasado siglo en relación con no caer en la autocomplacencia, de revolverse ante la parálisis que nos invade cuando creemos que todo va bien.

Tras la debacle económica del año 2008 se ha ido configurando un mundo nuevo. Una estructura socioeconómica que, aunque ahora mismo todavía no se vea con claridad, es radicalmente distinta a la que existía antes de la caída de Lehman Brothers. Una nueva realidad más volátil, insegura e interdependiente por la que vamos a tener que aprender a navegar.

Ante este desafío es chocante la falta de debate público significativo que existe en Euskadi en relación con aquellas áreas en las que no vamos bien. Las páginas, pantallas y emisoras de los medios de comunicación vascos dedican tiempo informativo a temas gastronómicos o a los miles de turistas que nos visitan, pero muy poco a aspectos de futuro como la innovación, el envejecimiento demográfico, la pérdida de centros de decisión o la necesaria actualización de nuestro estado de bienestar. Incluso a veces es sorprendente escuchar determinadas declaraciones sobre cómo están evolucionando ciertos indicadores y, sobre todo, como los mismos se comparan con la media estatal o con la media europea, dependiendo en qué posición salga Euskadi. No vaya a ser que la ciudadanía se dé cuenta de que en nuestro pequeño territorio hay existen áreas que no están evolucionando favorablemente.

Ante estos hechos hemos llegado a la conclusión de que la mayor parte de los agentes sociales, económicos, académicos y políticos vascos estamos instalados en un discurso autocomplaciente. Un peligroso posicionamiento dado que, si una sociedad no ejerce la autocrítica, es muy complicado que mantenga su dinamismo económico, bienestar y nivel de vida en el medio plazo. Somos conscientes de que esta afirmación puede hacer enarcar las cejas a más de un lector, pero creemos que es importante ponerlo sobre la mesa.

Esta peligrosa autocomplacencia viene motivada por dos factores. En primer lugar, sospechamos que a la sociedad vasca está replegándose y perdiendo perspectiva para comprender el impacto de los procesos globales, y cómo los mismos están transformando el mundo. Por otra parte, consideramos que existe una miopía estratégica a la hora de interiorizar que nuestro nivel de vida actual es producto del trabajo realizado hace dos décadas. En otras palabras, se nos podría acusar de estar viviendo de esfuerzos pasados, provenientes de una época donde había mucha autocrítica y unas condiciones que eran incluso menos propicias que las actuales.

Esta falta de autocrítica se puede ver reflejada en la idea generalizada de que la tasa de paro de Euskadi (11,5%) no es mala porque es inferior a la media estatal, cuando las regiones avanzadas de Europa presentan una tasa de paro en torno al 5%. O en la sorprendente falta de debate respecto al hecho de que, desde hace cinco años, está cayendo la inversión vasca en I+D alejándonos aún más de la media europea, situada en el 2% del PIB. El silencio de los principales agentes y líderes de opinión vascos respecto a un asunto clave para nuestro futuro ha sido, sencillamente, atronador. El mismo mecanismo autocomplaciente es el que genera que no exista, salvo de forma muy puntual, una conversación pública seria sobre el hecho de que en la última década hemos perdido una parte importante de nuestro tejido industrial. Un tejido que es la piedra angular de nuestra economía y bienestar, dado que la industria genera empleo cualificado, buenos salarios, utiliza capital paciente y se involucra en procesos de innovación.

Esta misma lectura autocomplaciente provoca que no se cuestionen los sistemas de atención de los cuidados, configurados en función de las necesidades de hace casi cuarenta años y cuya gobernanza ya no responde a la realidad actual. Una realidad que se atiende de forma fragmentada sin tener en cuenta el continuo de necesidades que las personas afrontan en la última etapa de su vida. En ocasiones incluso con la dificultad añadida de afrontar en soledad la compleja madeja institucional necesaria para articular su red de cuidados.

Una autocomplacencia que hace que no se articule de forma adecuada el necesario equilibrio entre la respuesta comunitaria y la institucional, tan necesaria en un contexto en que la sociedad envejece, las necesidades crecen y los recursos no alcanzan a dar respuesta a los mismos.

Euskadi tiene muchas fortalezas y en el pasado ha sabido reinventarse y mirar al futuro con esperanza. Pero siempre lo ha hecho siendo consciente de sus áreas de mejora, de las cosas que no se estaban haciendo bien. La trampa de la autocomplacencia hace que perdamos esa visión autocrítica, que pensemos que es suficiente con que vengan dragones y turistas a visitar Zumaia y San Juan de Gaztelugatxe, que sigan regando con estrellas Michelín el buen trabajo de la cocina vasca o que la eléctrica gala de los premios MTV vaya a aterrizar en Euskadi en 2018. Todas ellas son buenas noticias pero, si Arrupe nos escuchara, seguramente apuntaría que todas ellas son respuestas de ayer, y que parece que no estamos sabiendo coger por los cuernos a los problemas del mañana. Para ello es necesario sacudirse esta extraña autocomplacencia que nos atenaza, dejarnos de hacer trampas al solitario y empezar a debatir -de forma serena pero sustancial- de lo que tenemos que mejorar para que las próximas generaciones puedan disfrutar de una sociedad libre, cohesionada y avanzada como la que forjaron nuestros padres a base de trabajo, valores y autocrítica.

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