Ni traición ni venganza

PEDRO JOSÉ CHACÓN DELGADOProfesor de Historia del pensamiento político (UPV-EHU)

Ni traición del PNV ni venganza del PP. Esos términos los podrán utilizar los políticos en un momento de calentón, pero no quien pretenda analizar lo que ha pasado estas últimas semanas. Y para conseguir eso la clave está en lo que podemos denominar el factor territorial. Ese al que Pedro Sánchez, en una concesión impropia de un socialista, aludió un par de veces en el debate de la moción de censura, cuando dijo aquello de «hay territorios que se sienten nación». Lo dijo en una de las réplicas, olvidándose de la definición de nación que él mismo le dio a Patxi López en el debate de primarias del PSOE de 2017 y que situaba en sus justos términos una opción política en la que unos ciudadanos de Euskadi y Cataluña, en número más o menos mayoritario, sienten y defienden un apego, más o menos exclusivo o excluyente, por su cultura, historia e idioma propios.

Y es en esta clave en la que se ha movido estos días pasados el PNV y en la única en la que cabe entender su aparentemente voluble comportamiento: aprobando primero las Cuentas con PP y con Ciudadanos y justo una semana después la moción de censura contra Mariano Rajoy. Tal como ha manifestado el partido jeltzale desde siempre, el único objetivo de sus políticas es el interés de Euskadi y de sus ciudadanos, o sea el factor territorial. Hubo quien dudó -yo entre otros- que con motivo de la moción de censura pesaran solo esos condicionantes, dado el riesgo evidente de perder en el Senado lo ganado en el Congreso. Pero el factor territorial sí sigue explicando ese comportamiento, ya que ese riesgo de perder algo de lo amarrado en Presupuestos con Rajoy se compensaría sobradamente con las ventajas de apuntalar un Gobierno de Sánchez mucho más débil y que, a la larga, podría aportar más beneficios aún para Euskadi.

Otra cosa muy distinta es lo que pensamos de todo esto los ciudadanos vascos que no votamos nacionalista, cuando vemos a un PNV situado como fiel de la balanza en el Congreso y obteniendo a cambio inversiones y beneficios que revierten en todos los que vivimos aquí. Y es que para disfrutar de los servicios sociales o de cualquier otra de las muchas prestaciones públicas que nos diferencian -a mejor- respecto al resto del Estado, a nadie se nos pide para ello mostrar nuestra ideología o simpatía política. El problema, en clave ética digamos así, se nos aparece cuando nos planteamos por qué razón los nacionalistas se creen con el derecho a exigir al Estado contraprestaciones que al resto de los territorios españoles les están vedadas.

En Euskadi hay personas -pocas, pero las hay y Ciudadanos sería el partido representativo de esta postura- que denuncian nuestro régimen de Conciertos así como el papel 'aprobetxategi' que ejerce el PNV cuando el juego de mayorías en el Congreso se lo permite. Cuando oímos esas críticas, el resto, quienes no las hacemos, tendemos a rechazarlas, a ignorarlas, a silenciarlas o, como mucho, a oírlas con desazón e incomodidad porque apelan a nuestra conciencia: si nos consideramos españoles iguales a los demás, ¿por qué aceptamos lo que a otros de más allá del Ebro no les llegará nunca…?

Eso es lo que llamo aquí el factor territorial, que nos beneficia a todos los que vivimos en Euskadi pero que genera una irresoluble contradicción -o cuando menos íntima desazón- en quienes no compartimos la ideología nacionalista: porque disfrutamos de unos beneficios gracias a una ideología con la que discrepamos. Y es que las razones de un nacionalista para exigir del resto del Estado lo que otras comunidades tienen vedado nos remiten directamente a un ideario cuyo motivo profundo o inconfesable lo hemos visto aflorar con la aparición en escena del inefable Torra.

Llegados a este punto, lo que no podemos hacer, en este juego de simulaciones del que -repito- nos aprovechamos todos, es sacar a relucir esas razones profundas del nacionalismo solo cuando nos vienen mal dadas. Ejemplo: la pataleta del grupo municipal del PP de Getxo rompiendo los acuerdos para aprobar el presupuesto municipal y el Plan General de Ordenación Urbana por razón de la ciaboga peneuvista en el Congreso. ¿A quién beneficia esa postura? Desde luego a los ciudadanos de Getxo, entre los que me encuentro, no. Y encima con un relato justificador de esa ruptura absolutamente torpe, porque apela al ideario más profundo del nacionalismo: el tema de la raza. ¿Es que los miembros del PNV que firmaron los Presupuestos, y a los que Montoro y Rajoy tildaron de responsables, renunciaron previamente a sus convicciones ideológicas?

Hay que ser más consecuentes y sobre todo no perder los nervios tan ostensiblemente en este juego de simulaciones en el que consiste la política. El PP vasco acaba de desmantelar sus sedes en Bizkaia y Gipuzkoa. Un partido que presume de foralidad está convirtiendo su ámbito vasco en un erial controlado por el aparato alavés: ¿se respeta así el factor territorial, clave en la foralidad? Y la presidenta del PP de Bizkaia debería explicar por qué justamente es Getxo, entre todos los demás municipios de Euskadi, el que tiene que señalarse por la indignación contra el PNV. Y aquí de nuevo el factor territorial: no creo que sea por su condición de concejala de Getxo, porque menudo favor que nos está haciendo con eso. ¿No será más bien porque quiere ganarse así al electorado del concejal de Ciudadanos en ese municipio, único cargo público que tienen los naranjas en toda Euskadi?

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