El tiovivo

SANTIAGO AIZARNA

Del 'vivo sin vivir en mí' al 'muero porque no muero' se nos concilia en una sola estrofa de un poema de los más famosos del estro hispánico, todos los arrequives del existir humano. Posiblemente con mejor dictado que todo el atadijo del sentimiento existencialista desde Kierkegaard al menos hasta Sartre. Como nos ocurrió en aquel torbellino que nos recogió de tan arrolladora manera en nuestros años mozos y fue tatuaje tan indeleble que sigue marcándonos hasta el fin y así nos lo denotan aún los pocos pujos del vivir que aún nos resisten.

Es éste, uno de los primeros dardos que he sentido esta mañana entre el mullir de las sábanas antes de ponerme a escribir esta serie de vómitos con que el pensamiento nos abruma y ante lo cual se me hace pensar que necesito proveerme de alguno de esos adminículos que la nueva tecnología ofrece para guardar y resguardar -no se me pregunte por qué y para qué— esos muchos dardos que de nuestras neuronas fluyen y que, de no ser recogidos a tiempo se nos van perdiendo por la sentina de este nuestro paquebote que hace aguas. y de manera tan insulsa se van diluyendo entre los laberintos de la memoria.

Con cierto sentido acaso profético, ¿quién sabe?, ya se le ocurrió al sentido humorístico de Berlanga hacer una película titulada 'Todos a la cárcel', que me parece a mí que fuera aquello como un adelanto de lo que estamos viendo ahora cuando las puertas de las cárceles van encerrando a personajes supuestamente próceres en tal medida que hasta pudieran darnos envidia y en considerar que ¡qué pobres somos! que ni siquiera nadie nos encarcela si no es como en aquel primer encierro del que yo mismo poemaba de cuando 'me encerraron/ en la cárcel del animal;/ en la oscura,/ negra cárcel del hombre.' ('Humano animal', 1966) de cuando aquella mujer a la que tanto quise me depositó, también entre un mullir de sábanas nunca olvidables pero también antesala de rocosos pensamientos que, algo más tarde a todos nos llegará a acuciarnos y a algunos en tan fuerte sentido que hasta hay que proveerse de escopeta (ya no sé en qué armería pues que la única que he conocido en mi vida ya se cerró, por ahí por Santa Catalina) y de abundante cartuchería con la que entrenarse para la hora fatal, de no estar entrenado, claro está, mediante lances de caza que siendo cazador pues igual resulta que todo resulta ser más fácil en esa hora letal de tan imprevista aunque segura presentación.

Mala suerte, en todo caso, la del nacido, que hace mucho tiempo que le di la razón a aquel superlativo pensamiento de Schopenhauer en el que se afirmaba que solamente envidiaba a los no nacidos, temible pensamiento igualmente para un futuro europeo más influido que menos por la escasez de vuelos de las cigüeñas de la ruta París-Parida, lo que sentencia, sin remedio, que si 'el existencialismo es un humanismo' como proclamaba el manifiesto de Sartre, es también, como idea digna de ser emitida como la de aquella bestia llamada leviatán (no sé yo bien si mejor a la manera de sus variadas tonalidades bíblicas, o a la de Hobbes o como su engendro del que habla Borges en su 'Zoología fantástica' y de la otra bestia llamada Onagro de ahí por las aguas del mar de Galasia, todo como causante de una baja de natalidad que hará que se muten habitantes, que avisados fuimos de que, también se pronunciaron salmos bíblicos en donde se promete que 'Los justos heredarán la tierra, y vivirán para siempre sobre ella', aunque nada se haya dicho de la identidad o clan de esos 'justos'.

Se dice que, 'muerto el perro, se acabó la rabia', pero ¿si el muerto es hombre y no can? A la hora de escribir el R.I.P. (en cuestión de misereres y acrónimos mejor ir por la vía del latín que por la del D.E.P. y de otros lenguajes cualesquiera), nos asalta, sin duda, aquella cortesía (más que otra cosa) ya desfallecida del buen deseo de deparar paz a los huesos cuando ya no nos queda otra cosa, que se hace posible solamente con el uso de un amortiguado silencio y olvidándonos de menciones escalofriantemente exhumadoras como pudieran ahora ser las del sobresalto de los aguzados pelos del bigote de aquel genio llamado Dalí de insuperable avidez dineraria ('Avida Dolars') en su vida, y que, ahora, al igual que en el caso de Tutankamón (que debió sufrir tantos escalofríos nada momificados al notar en sus salas los pasos del equipo de Howard Carter), siente que por interés de una supuesta (por ahora al menos) hija suya tentada por esos 'dolars' se mueven las piedras de su basamento mortuorio, que es como si un seísmo hubiera hecho estremecer a esos bajos fondos.

O, ¿será, acaso, este morir nunca muerto o de no dejar nunca descansar, una patente de resurrección a la manera de José Luis Hidalgo (1919-1947), poeta de conjugación feliz-infeliz vida y muerte que escribía que 'Es la tierra/ la tierra que nos busca para purificarnos/ y arrojarnos de nuevo a la luz con sudor doloroso', es decir, huida del descanso eterno y promesa de eterna actividad? Pero también: ¡Qué cansancio si nunca parara el tiovivo de la feria!

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