Tiempo de reuniones

Una vez tomadas Mosul en Irak y Raqqa en Siria, estamos asistiendo a una frenética actividad diplomática que tiene por objetivo reordenar Próximo Oriente tras la pesadilla vivida con la implantación del Califato Islámico en ambos países

Tiempo de reuniones
CARLOS LARRÍNAGAHistoriador

Una vez tomadas Mosul en Irak y Raqqa en Siria, estamos asistiendo a una frenética actividad diplomática que tiene por objetivo reordenar Próximo Oriente tras la pesadilla vivida con la implantación del Califato Islámico en ambos países. La conquista Al Bukamal, en la misma frontera, ha disparado el optimismo. De suerte que, según Putin, las tropas sirias controlan ya el 98% del territorio, quedando únicamente algunas bolsas de yihadistas dispersas, siendo muy peligrosas las de los alrededores de Damasco, capaces aún de llevar a cabo execrables fechorías.

De ahí que no es de extrañar que, con estos logros, noviembre haya finalizado con importantes encuentros como antesala del que tendrá lugar al concluir el año: una cita auspiciada por el mandatario ruso en el que puedan reunirse delegados del Gobierno y de la oposición para dirimir el futuro de Siria. Ya el 20 de noviembre a la noche el propio Putin recibió en Sochi a Bashar al-Asad, advirtiéndole de la necesidad de iniciar el proceso político que ponga fin a la contienda iniciada en la primavera de 2011, que se ha saldado con unas 330.000 víctimas mortales y unos doce millones de desplazados, sin contar los destrozos materiales causados. En concreto, el mencionado proceso incluiría una reforma constitucional y la celebración de elecciones libres. Aspectos ambos que estarían por consensuar y que deberían tratarse en el denominado Congreso de Diálogo Nacional, propuesto por el Kremlin en fecha todavía sin fijar. El lugar escogido podría ser nuevamente la señalada ciudad balneario, que ha desplazado a Astaná, la capital de Kazijistán, donde tuvo lugar la anterior fase de diálogo sin los resultados esperados, puesto que las conversaciones fueron indirectas y simplemente se establecieron diferentes ‘zonas de distensión’.

Las intenciones de al-Asad fueron comunicadas telefónicamente a Donald Trump y al rey Salman de Arabia, dos actores aquí claramente en retroceso. Por un lado, el magnate americano prácticamente se ha desentendido de esta cuestión, estando más preocupado por las relaciones con el Lejano Oriente y por el affaire norcoreano. Incluso, su secretario de Estado, Rex Tillerson, está demostrando tener un perfil bajo, por lo que el protagonismo de Putin en la región va en aumento. Por otro, Salman, por edad, está ya de retirada, habiendo nombrado como heredero al príncipe Mohamed Bin Salman, cuya deriva exterior se está caracterizando por un clamoroso fracaso: parcos avances en Yemen, con una catástrofe humanitaria sin precedentes; un boicot absurdo a Qatar; un revés estrepitoso en el sainete de la presunta dimisión de Saad Hariri en Líbano; una clara pérdida de ascendiente en la guerra de Siria en favor de Irán; y un progresivo y vergonzante acercamiento hacia Israel. Por no aludir a la lucha de poder interna llevada a cabo contra sus posibles opositores en aras de una supuesta campaña anti-corrupción. Curiosamente, no parece que Putin llamase a la Alta Representante de la Unión para Asuntos Exteriores, lo que nos da buena idea del escaso papel que los europeos estamos teniendo en esta crisis, con independencia de la acogida de inmigrantes. De manera que, con semejante panorama, es lógico que Moscú quiera jugar sus cartas y trate de ganar peso en el tablero internacional, habida cuenta de que hablamos de una de las áreas más calientes del planeta. No en vano su entrada en la conflagración el 30 de septiembre de 2015 ha sido determinante para el apuntalamiento del presidente sirio y para la derrota del Dáesh. Está claro que ha llegado el momento de cobrarse dicha ayuda.

Por eso, la entrevista del 22 de noviembre, también a orillas del mar Negro, entre Putin, Rohani y Erdogan para tratar el rompecabezas sirio adquiere una relevancia enorme. La elección de Sochi por el anfitrión tampoco parece casualidad, al estar cerca del escenario del conflicto, queriendo hacernos entender que el inquilino del Kremlin se ha convertido en el verdadero artífice de cuanto allí suceda, como si el futuro de Oriente Próximo estuviese en sus manos. Así, para la resolución del problema, en su opinión, las partes tendrán que hacer concesiones. No sólo al-Asad y sus rivales, sino también los estados implicados en el enfrentamiento. Y, en especial, Arabia, la gran ausente y, donde, por cierto, ese mismo día 22 se reunían varios grupos opositores, de carácter islamista en su mayoría, para negociar una postura común en la conferencia de Ginebra del 28 de noviembre, promovida por la ONU, y en el congreso anunciado por Rusia. Y aquí, sin duda, el escollo sigue siendo al-Asad, que tanto Arabia como sus adversarios lo quieren fuera. Sin embargo, Turquía, convertida en Sochi en paladín de los intereses sunitas y de la integridad territorial de Siria e Irak, ya no pide su cabeza, aunque, eso sí, a cambio de que se contengan los anhelos autonomistas de los kurdos. En este sentido, ya se pudo ver claramente su postura en el referéndum de independencia del Kurdistán iraquí. De los tres líderes, posiblemente Rohani sea el más ferveroso defensor de la continuidad de al-Asad, ya que supone un sólido aliado en ese juego de influencias entre Teherán y Riad. Actualmente Putin también lo apoya, pero habrá que estar atentos a cómo evoluciona la partida para ver si lo deja caer o no. Pura geoestrategia. Aunque, por ahora, se siente cómodo moviendo los hilos y tratando de buscar una solución a este enrevesado drama, sentando a todos a la mesa y diseñando la transición.

Contenido Patrocinado

Fotos

Vídeos