Es el tiempo de los laicos

JUAN AZPITARTE OLEASacerdote

Al fin se ha impuesto la lógica de crear una Congregación específica para laicos, los más numerosos en la Iglesia. La rica exhortación «La alegría del Evangelio», del papa Francisco, ha dado paso a un Departamento vaticano para los laicos, como elemento que debe servir para la «evangelización», además de ser un instrumento que conecta al Papa con las Iglesias locales de todo el mundo. En la Iglesia, la crisis general y de fe ha golpeado directamente las vocaciones religiosas. Una de las profundas dificultades que vive hoy la Iglesia es la falta de sacerdotes; hay pocos sacerdotes, todos ellos sobrecargados de años y de actividades pastorales que corresponden a otro tiempo. Hoy la edad media del clero guipuzcoano es de 73 años. Ello significa que los sacerdotes constituyen un grupo sociológicamente jubilado o formado por gente en edad de jubilación. Esto significa que, por ley de vida y de edad, el clero de la diócesis de San Sebastián en concreto, no puede tener el empuje, la iniciativa de algunos laicos de la iglesia de hoy.

Ciertamente, las cosas pueden ser de otro modo: los ministerios pueden ser muchos más ágiles, mucho más diversificados que hoy. Esto teológicamente es posible, aunque disciplinarmente no se den pasos. Los ministerios podrían ser mucho menos clericalizados de lo que hoy son. Desde la teología y la tradición, los laicos, hombres y mujeres, pueden tener ministerios en la Iglesia. De hecho, desempeñaron algunas tareas. El ministerio debería atender los diversos carismas o cualidades de las personas que accedieron a esas tareas: no todo ministerio debería estar regido por un mismo módulo. Todos somos iguales, y los miembros de las comunidades hemos de ayudarnos. Eso es ser ministerio en la Iglesia; al menos eso fue en los primeros siglos de vida de la Iglesia. Previsiblemente, en algún tiempo no van a cambiar las cosas en nuestras diócesis. Pero, al menos, mantengamos la memoria de nuestra tradición cristiana.

La crisis general y de fe ha golpeado también a los laicos, a la vez que se ha incrementado en número de agnósticos e indiferentes. Los laicos y laicas también han sufrido muchas bajas. Además, han sido «mal educados» en la fe con un papel pasivo, inmersos en un conservador catolicismo que todavía se siente y hace mucho daño. Y en esta crisis, cada laico tiene que transformarse para convertir la Iglesia en una comunidad de vida. Actualmente, se intenta con buen propósito, promover o dar mayor cabida a los laicos en la Iglesia; pero previamente hay que recuperar, tanto en los hombres como en las mujeres, una presencia colegial más activa y responsable en sus dos facetas: la necesidad de reforzar su propia vocación de laicos, como también la obligada mejora de su responsabilidad cristiana. Ser conscientes de que su misión ha de ser «compartida».

Para que esta «misión cristiana» pase del deseo a la realidad, es necesario que la Iglesia, en las organizaciones diocesanas, especialmente en las parroquias, se estructure en auténticas comunidades cristianas de tipo laical. Pero para ello las parroquias han de contar con pequeños núcleos de hombres y mujeres que se conocen y se animan mutuamente, y que tienen un proyecto en común: captar y poner en práctica con seriedad, madurez y sensatez el ideal del Evangelio, hasta convertirlo en la fuerza inspiradora de sus vidas.

Ante los altibajos políticos, sociales, económicos y culturales que atravesamos, es difícil escapar a la inquietud creada en nuestro entorno. Estos vaivenes narrados con sesgos mediáticos de uno y otro signo, ponen en riesgo valores como la familia, la amistad y la convivencia social. Una vez más, son los laicos los que apelan al respeto de la persona como principio absoluto, y manifiestan su voluntad de ser responsables y comprometidos en la vida pública para avanzar en el camino del diálogo, ayudando a que nuestra sociedad sea un espacio de fraternidad, de libertad y de paz.

A nadie se le escapa que la «vocación laical» con un perfil «menos clerical» y un incremento de hombres y mujeres, es una selección de gran significado en la vida de la Iglesia y de la sociedad, pero no fácil de abordar en toda su complejidad. Previsiblemente, en algún tiempo no van a cambiar las cosas. De ahí la necesidad de seguir trabajando, dando muchos pasos, abriendo nuevos caminos en la esperanza de una Iglesia y sociedad renovadas y vivas.

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