En subjuntivo

SAN TIAGO AIZARNA

Como a estas alturas no es cosa de hacerme con nuevo ejemplar del Diccionario de la RAE ni aunque fuere por ser la última versión y consultarlo, tendré que conformarme con mi personal suposición de que la palabra 'máster', que tanto se está prodigando en el terreno político, poco favor le está haciendo al idioma español (o castellano) pues que se le está citando demasiado con el aplauso unánime sobre todo de la gens política, que lo supongo también por parte de gentes anglicistas filiales de estos términos tan contaminados por ese síndrome anglo.

Bien está, me parece, que se haga todo lo posible por resucitar en su auténtica esencia y existencia aquel famoso zigurat babélico que era como la escala para ascender a los edenes del cielo prometido a los más puros agentes del misticismo y que hasta al propio Jehová todopoderoso le hizo temblar por su propósito de tratar de que se unifiquen las lenguas, pero hay que admitir, igualmente, que es difícil empresa pues que todas ellas querrían salirse con la suya e implantar su bandera en todos los terrenos, vencedores cual aquel famoso Gentil Señor de Bayard, llamado 'Caballero sin miedo y sin tacha' por sus gentes, vencedor absoluto en 'hechos, gestas, triunfos y proezas' en todo tiempo y escenarios de batalla pero muy especialmente en la de Ravena (11 de abril, día de Pascuas del año 1511) a las tropas del rey de España, del Papa y de los venecianos y que, de cuya fama tan esplendente como extensiva y hasta extenuante se nos cuentan albricias en la Biblioteca de la Orden de Caballería como nos lo cuenta Expilly en su Suplemento.

Dicho esto, y enfrentadas que se hallan -digamos que con permiso que nos autoconcedemos- dos de esas lenguas que tienen muy buena proyección en el mundo occidental en estos días cuasimíticos de mediados del mes de abril en las que los libros contienden año por año y en día acorde con dos señores de do de pecho literario, un tal William y un tal Miguel, con la tropa fabulosa de sus héroes y heroínas en tinglados callejeros, amén de otros muchos Williams y otros muchos Migueles, que por ahora al menos, hasta los bebés se nos amanecen con no sabemos qué herramientas escriturales empuñadas a modo de armas, que solo nos queda, acaso, la humildad de elevar nuestros ojos a la mayestática divinidad del Espíritu Santo que ha de creerse, se sobreentiende por su trayectoria un tanto eglógica, es la que más se entretiene con estos empeños un tanto metafísicos. Y, dicho sea 'amén' a este primer tramo, con todos los respetos.

No es cosa, me parece, de hablar en modo alguno, de las diversas tangencias que pudieran encontrarse en ese término anglicista del máster pues que, lo primero que viene no solamente a la imaginación sino que primero más bien a la memoria, es ese documento llamado diploma que puede estar situado en la pared trasera del despachador y frente al que será despachado, pero que, antes, a la entrada de este último, ha podido darse cuenta de esa especie de pergamino que da fe de los muchos estudios que fregaron la mente del bienquisto despachador ahora, que los huesos temporales se nos ponen a punto de estallar por la revolución de las neuronas, ojipláticos los clisos por darse cuenta de cómo y por cuales banalidades luchan algunos, que es esta batalla también a la manera se diría que como la de Ravena entre dos ambiciosos señores de la guerra al acecho uno del otro, la especie de caballeros de punta en lanza acaso hasta alguno de ellos nublándose en traiciones, que, a este tenor pudiera hablarse de aquel diálogo nada soterrado del Caballero Bayard que, moribundo ya, fuéselo a visitarle el condestable de Borbón -sobre quien ejerció igualmente verso tronante duque de Rivas en voz del conde de Benavente, un castellano viejo que 'tan solo de Calatrava/ la insignia española lleva;/ que el Toisón ha despreciado/ por ser Orden extranjera' y que su mansión toledana quemó tras dormir en ella por orden del Emperador el condestable «cuyo solo aliento infesta»- que al mostrarle: -¡Ah! Tengo gran piedad por vos el condestable, respondió Bayard a la manera que lo hiciera Cristo a las mujeres de Jerusalén camino del Calvario en aquello de rezar por vosotras y por vuestros hijos (Luc. 23, 27, 31), que -Monseñor- le respondió Bayard: «Os agradezco; no hay piedad por mí que muero como hombre de bien, sirviendo a mi rey. Hay que tener piedad por vos que lleváis armas contra vuestro príncipe, vuestra patria y vuestro juramento».

Me queda aún para cerrar este como broche ferruginoso por herrumbres que también hasta a los joyeros persigue y porque algo se me queda como coda o cola poco enhiesta de can que levantó la pieza, que pienso ahora que me pudiera haber salido este escrito, que para disimular lo cual he optado por bajar el subjuntivo del título a estas profundidades del texto y solazarme en parte por las muchas fragancias que de ese modo verbal emanan para vivir algo más en esperanzas aunque partes en duda sean; subjuntivo que siempre deja algún resquicio para mejorar o suavizar, diríase, los ásperos eslabones de la vida.

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