Socio frágil

El acuerdo fiscal con el PP deja al descubierto un flanco vulnerable para el PSE que complica su apuesta por reforzar su perfil de izquierda

Alberto Surio
ALBERTO SURIO

El acuerdo fiscal alcanzado por el PNV, el PSE y el PP, por el que se rebaja al 24% el tipo del Impuesto de Sociedades en dos años, amenaza con abrir algunas discrepancias en el partido liderado por Idoia Mendia. El mayor problema estriba en que, al poco tiempo de plantear el tope del 28% como una línea roja, los socialistas vascos han aceptado con excesiva rapidez su rebaja, exigida por el PP, en aras a un bien superior: la consecución del Presupuesto y la estabilidad del Gobierno Vasco. Los esfuerzos de los socialistas para marcar perfil en los gobiernos de coalición -una labor ya iniciada desde los tiempos de Ramón Jáuregui como vicelehendakari de Ardanza- se ven difuminados en esta ocasión por una contradictoria gestión de los tiempos en esta negociación.

El debate no gira en torno a la contribución socialista a la tranquilidad de la política vasca, un factor que sigue siendo valioso en estos tiempos que corren. El debate tiene un mayor calado ideológico. Por eso siempre es arriesgado colocar determinadas aspiraciones en el altar sagrado de los ‘principios irrenunciables’.

A la alianza PNV-PSE le falta un escaño para la mayoría absoluta en el Parlamento Vasco y necesita pactos para sacar adelante los Presupuestos. O logra el respaldo del PP, o el de Elkarrekin Podemos o el de EH Bildu. Las actuales circunstancias hacen inviables la segunda y la tercera opción y obligan a los protagonistas a un ejercicio máximo de flexibilidad para negociar y transaccionar. El compromiso sobre la reforma fiscal es todo un botón de muestra de esa necesidad. El PP está a punto de lograr un triunfo. Así es la política.

El dilema del socialismo vasco es complejo y la última reforma fiscal consensuada entre jeltzales y socialistas, que había suscitado las iras de Confebask, era todo un encaje de bolillos. Pero el PP ha metido baza. La decisión de bajar en dos años el tipo al 24% encierra su relevancia aunque esta batalla se ha convertido en un pulso cargado de simbolismo. Incluso esta rebaja puede ser también una cuestión relativa si la presión recaudatoria, la que garantiza las políticas sociales públicas, se mantiene o se eleva mediante el empleo de otros recovecos impositivos, por ejemplo eliminando deducciones.

Lo probable es que la sangre no llegará al río. Pero este episodio puede reabrir en el PSE un debate más estratégico que trasciende los límites de una reforma fiscal, y que tiene que ver con la identidad de una formación socialdemócrata que necesita el rencuentro con una parte de su electorado perdido y que aspira a ser la izquierda útil en el gobierno. La fragilidad de esta resistencia, el hecho de que no se ha dado una mayor batalla, será una exhibición de realismo negociador, pero a la vez puede reflejar una actitud de excesiva subordinación al PNV que complique su estrategia por marcar su propia personalidad. Dejar determinados mensajes de la izquierda en manos de los grupos de la oposición podrá ser más o menos creíble, pero implica que la apuesta del PSE por la coalición con el PNV se limita a ser sobre todo un dique dique de contención de las tentaciones secesionistas del nacionalismo vasco. Sin duda que es un ejercicio de responsabilidad, pero también puede resultar insuficiente para un proyecto que aspira a medio plazo a convertirse en una alternativa real.

La percepción de esta debilidad dificulta a los socialistas su ambición por clarificar su perfil de izquierda moderada y pragmática, sobre todo en el paisaje vasco posterior a la violencia en el que el discurso identitario y el rol de resistencia frente a ETA ya no cumplen su función tradicional. El PSE necesita adaptar su relato a este nuevo contexto de cambio social. Sabe que la recuperación de parte del voto que se fue a Podemos depende, en lo esencial, de Pedro Sánchez. Pero Euskadi tampoco es un oasis aislado del exterior. Con la excusa de la crisis, el aumento de la desigualdad y el descenso de los salarios también revalorizan aquí el eje ideológico entre el centro-derecha y el centro-izquierda que algunos dan por superado pero que los socialdemócratas reivindican como una razón de su existencia.

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