Ni siquiera nos queda la palabra

Análisis

El primero y gran perdedor en esta refriega ha sido precisamente el instrumento imprescindible para que lo que se diga tenga un mínimo de validez

José Luis Zubizarreta
JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Hoy se va a encontrar usted, querido lector, con decenas de artículos en los que se dan razones para demostrar si ha sido éste o aquél el que ganó en la batalla del referéndum catalán. Encontrará también análisis que, evitando el lenguaje de vencedores y vencidos, se dediquen a repartir culpas y responsabilidades entre los protagonistas de los hechos. No seré yo quien le recomiende que ni a unos ni a otros haga caso. Estoy seguro de que, tal y como se han puesto las cosas, también usted habrá tomado ya postura y lo único que busca será dar con alguien que se la confirme.

Pero, sin pretender dar a nadie recomendaciones, yo pienso, a título puramente personal, que el debate sobre ganadores y perdedores, sobre inocentes y culpables, es, cuando menos, prematuro, ya que aún queda por resolver una cuestión previa que lo condiciona hasta el punto de hacerlo estéril. Y es que, si de ganar y perder se habla, el primero y gran perdedor en esta refriega ha sido precisamente la palabra, es decir, el instrumento imprescindible para que lo que se diga tenga un mínimo de validez.

No es aún la hora del diálogo, a no ser que se quiera convertirlo en uno de sordos. Es hora de devolverle el valor que se le ha robado a la palabra

La palabra vale si transmite un significado que es entendido, de manera más o menos unívoca, por quienes la escuchan. Su primer efecto es, pues, crear comunión entre los oyentes, aunque produzca luego, como efecto colateral, discrepancia. Hemos llegado, sin embargo, a un punto en que la palabra -me refiero a la que es pertinente en este debate- no transmite ya significados comúnmente compartidos, sino sólo sentidos arbitrarios entre los que uno escoge, a su antojo, el que más le conviene.

Usted mismo ha podido comprobarlo. Ha escuchado estos días, y sobre todo ayer, palabras como ‘democracia’, ‘legalidad’, ‘legitimidad’, ‘Estado de Derecho’, ‘monopolio de la violencia legítima’ y otras que, más que crear comunión al menos de entendimiento, producen, como primer y principal efecto, pura confusión. Todos las han hecho suyas y pronunciado, pero, según quién haya sido el emisor, adquieren un significado distinto y son también entendidas de modo diferente según quién sea el oyente. Han perdido, en consecuencia, toda validez para la comunicación, es decir, para crear comunión, y han quedado reducidas a meros ‘flatus vocis’ o sonidos vacíos de todo significado común.

También va a encontrar hoy en los medios, lo mismo que en boca de políticos y analistas, invitaciones urgentes al diálogo, como si, una vez transcurrido el fatídico día de ayer, se hubiera abierto una compuerta que hasta ahora permanecía cerrada. «La política o la democracia es diálogo, y es ya hora de hablar». Pues bien, y esta vez me atrevo a recomendárselo de todo corazón, no les haga el más mínimo caso. No es aún la hora del diálogo, a no ser que se quiera convertirlo en uno de sordos. Es, más bien, y lo será por algún tiempo, hora de recuperar la palabra y de devolverle el valor que se le ha robado. Sólo entonces, cuando la palabra haya recobrado su primordial capacidad de hacer comunidad, y no de crear confusión, habrá llegado el momento de ponerla al servicio de un diálogo operativo.

Y también, por supuesto, de repartir culpas y responsabilidades.Y, como no quiero que esto sea un discurso neutral o equidistante, añadiré que ha habido grados en las responsabilidades. Mayor es la de los rupturistas, que se han apropiado indebidamente de las palabras, manipulando su sentido hasta la perversión, y menor la de quienes, como el Gobierno, las han empleado como ciudadelas en las que refugiarse y no como vehículos de comunicación. Pero, aunque los grados de su responsabilidad varíen, ambos han quedado inhabilitados para volver a pronunciarlas cuando el diálogo se haya hecho de nuevo posible.

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